domingo, 16 de agosto de 2026

Trunco

 


TRUNCO: una historia de amor que permanece

Hay algo que me pasa con Trunco que va mucho más allá de una historia de género. Hay una prosa poética, una dulzura, una ternura que envuelven la obra y la convierten en una experiencia profundamente conmovedora.

La vi ayer por segunda vez. Y entendí que con una vez no alcanza.

Trunco, esa palabra ya de por sí quebrada, cuenta la historia de amor de dos niños, la ilusión de un amor perfecto y las dificultades que aparecen cuando ese amor crece dentro de una sociedad atravesada por los prejuicios, los mandatos y las marcas de una época.

La década del 90.
El despertar sexual.
La construcción de la identidad.
El encuentro con lo prohibido.
Los mandatos familiares.
La tensión entre el campo y la ciudad.
Y ese posible destino que, de alguna manera, puede ser el de cualquier adolescente.

Todo sucede dentro de un universo maravilloso de flores, panes, abuelas, verano, campo y cuchillos.

Y ahí aparece Javier Marra, enorme, generoso, virtuoso. Su actuación tiene una profundidad y una sensibilidad que conmueven sin necesidad de subrayados. Sostiene un unipersonal de una riqueza extraordinaria y nos lleva de la mano por los recuerdos, los deseos, las heridas y las ilusiones de sus personajes.

Hay algo muy atractivo en su manera de narrar: una intimidad que parece conversación, memoria que se vuelve presente, humor que aparece cuando menos lo esperamos y una ternura que nunca resulta ingenua.

También quiero destacar la dirección de Lisandro Penelas, que encuentra el tono justo para darle a la obra ese vuelo tan particular: poético, sensible, teatral y profundamente humano.


Trunco es, en definitiva, una visión posible del amor a través del tiempo.

Una historia sobre aquello que alguna vez soñamos perfecto y que la vida, los otros y nosotros mismos nos enseñan a mirar de otra manera.

Una obra para sentir.
Una obra para recordar.
Una obra que, definitivamente, merece verse más de una vez.

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