Una obra que encuentra su verdad en el cuerpo de sus actrices
Hay obras
que se sostienen por una historia. Otras, por una puesta. Y están aquellas que
encuentran su verdadera dimensión cuando los actores consiguen apropiarse de lo
que está escrito y transformarlo en algo vivo, algo que sucede frente a
nosotros y que, por un rato, deja de pertenecernos como espectadores para
convertirse en una experiencia.
Aquí hay,
sobre todo, actuación.
Soledad
Villamil vuelve a
demostrar por qué es una de esas intérpretes capaces de atravesar una escena
sin necesidad de subrayarla. Hay en ella una precisión extraordinaria: sabe
cuándo contener, cuándo dejar que una mirada diga aquello que el personaje
todavía no puede poner en palabras y cuándo permitir que la emoción aparezca
sin artificios. Su trabajo tiene esa rara cualidad de parecer sencillo cuando,
detrás, hay un enorme dominio del instrumento.
A su lado, Pilar
Gamboa construye una presencia potentísima. Gamboa tiene una manera muy
particular de habitar el escenario: puede ser filosa, vulnerable, incómoda,
divertida o profundamente conmovedora en apenas unos segundos. Su actuación no
busca caer simpática ni explicar demasiado; se entrega al conflicto y lo
transita con una verdad que resulta imposible de ignorar.
Y allí
aparece Florencia Peña, en una interpretación ajustada, inteligente,
medida. Una actriz que conoce perfectamente sus recursos y que, en esta
oportunidad, encuentra el tono adecuado para que el personaje no quede atrapado
en el lucimiento personal. Peña compone, escucha, responde y sostiene. Y eso,
en una obra donde el vínculo entre los personajes resulta fundamental, tiene un
valor enorme.
Porque el
teatro también está hecho de eso: de escuchar al otro.
La
dirección de Adrián Suar acompaña ese trabajo con una mirada precisa,
sin excesos. Hay una puesta que entiende que no todo necesita ser explicado,
que los actores deben tener espacio para construir y que la escena necesita
respirar. Suar dirige con una mano firme pero discreta, permitiendo que el
material dramático encuentre su propio ritmo y que las intérpretes sean quienes
conduzcan al espectador.
Y quizás
allí esté uno de los mayores aciertos: no hay una búsqueda desesperada por
demostrar. Hay confianza.
Confianza
en el texto, en la escena y, fundamentalmente, en las actrices.
Villamil,
Gamboa y Peña conforman un trío de enorme potencia, con registros diferentes que se encuentran,
se chocan y se enriquecen. Cada una aporta una textura propia y, cuando esas
tres energías se cruzan, aparece lo mejor de la obra.
Porque
finalmente el teatro no es solamente aquello que se cuenta.
Es aquello
que nos pasa mientras alguien lo cuenta.
Y cuando
tres actrices de esta dimensión consiguen que una historia nos toque, nos
incomode, nos haga sonreír o nos deje pensando mucho después de que se apagaron
las luces, entonces el teatro vuelve a cumplir su milagro más antiguo: hacer
que, durante un rato, la vida suceda ahí arriba del escenario y nosotros
tengamos el privilegio de estar mirando.
Meche Martínez
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