miércoles, 21 de octubre de 2026

Cuentos de Hoffman Colon

 


Los cuentos de Hoffmann: cuando el arte también abraza la vida

La temporada de Los cuentos de Hoffmann, en el Teatro Colón, quedó atravesada por una noticia dolorosa: la muerte de Eugenio Zanetti, responsable de una puesta que nos invita a transitar los límites entre el amor, la ilusión y la pérdida.

En medio de esa ausencia, la obra continúa su camino, recordándonos que el teatro es también eso: un espacio donde la vida irrumpe, nos conmueve y transforma el sentido de lo que vemos sobre el escenario.

La música de Offenbach, la potencia de las voces y la dimensión fantástica de esta historia encuentran una resonancia particular cuando la realidad se mezcla con la ficción.

Pero esta temporada tiene, además, un motivo especial para celebrar: el ingreso de Carlo Argento como gran colaborador en esta historia.

Quienes conocemos su recorrido como actor y director de teatro sabemos de su compromiso, su talento y su trayectoria. Por eso, verlo asumir esta oportunidad nos emociona. No se trata solamente de un nuevo desafío profesional: es el reconocimiento a un camino recorrido, a una pasión sostenida y a una vida dedicada al teatro.

Y quienes lo conocemos sabemos que esta oportunidad es más que merecida.

Hay alegrías que trascienden a quien las recibe. Porque cuando algo hermoso le sucede a alguien que queremos y admiramos, esa felicidad se vuelve compartida.

Qué lindo que suceda esto, Carlo. Qué lindo que el teatro, incluso en medio de una despedida dolorosa, nos regale también un motivo para celebrar.

A veces, la alegría de otro es también una forma de la felicidad colectiva. Y esta vez, el aplauso tiene un nombre propio: Carlo Argento.



Meche Martinez

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martes, 20 de octubre de 2026

Rafael en Argentina

 


Raphael en el Gran Rex: sigue siendo aquel

Con 83 años y una voz que conserva su fuerza expresiva, el artista andaluz ofreció una noche atravesada por la emoción, los recuerdos y el amor incondicional de su público. En el escenario, un hombre con toda una vida de música. En su manera de cantar, el mismo Raphael de siempre.

Buenos Aires, 20 de octubre de 2026.

Hay artistas a los que el tiempo parece no alcanzar. No porque permanezcan ajenos a su paso, sino porque conservan intacto aquello que los convirtió en inolvidables. Raphael es uno de ellos.

Anoche, en el Teatro Gran Rex, el legendario cantante español ofreció mucho más que un concierto. Con Raphaelísimo, el artista nacido en Linares, Andalucía, desplegó un recorrido por más de seis décadas de trayectoria, en una velada donde la emoción fue, sin duda, la gran invitada.

A sus 83 años, Raphael conserva algo que no se mide en años: la extraordinaria capacidad de conmover. Su presencia escénica tiene hoy otros tiempos, pero basta que comience a cantar para que aparezca, con toda su intensidad, el artista que ha cautivado a generaciones enteras.

Porque su voz sigue siendo ese instrumento inconfundible, cargado de dramatismo, fuerza y sensibilidad. Una voz que no se limita a interpretar canciones, sino que parece vivir cada una de ellas. La música lo recorre por entero, lo sostiene y lo devuelve a ese lugar donde siempre supo estar.

El repertorio fue un viaje por sus grandes éxitos, esas canciones que forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones. Pero también hubo lugar para rendir homenaje a otras tradiciones musicales: el tango argentino, la canción mexicana y la inolvidable Édith Piaf encontraron su espacio en una noche que atravesó fronteras y épocas.

Fue un Raphael más íntimo, pero no menos intenso. Un artista que ya no necesita conquistar al público porque hace tiempo que lo ha conquistado. Y que, sin embargo, sigue entregándose en cada interpretación como si todavía tuviera algo esencial que decir.

Del otro lado, un público que no se limitó a escuchar. Cada canción fue una oportunidad para expresar admiración, cariño y gratitud. Los aplausos, las voces que acompañaban y la emoción compartida hicieron del Gran Rex un espacio de encuentro entre el artista y quienes lo han seguido durante décadas.

Hacia el final, las lágrimas terminaron por ganar la escena. Un Raphael visiblemente conmovido recibió el amor de su público con una gratitud que parecía desbordar las palabras. Ya no se trataba solamente de celebrar una carrera extraordinaria. Había algo más: el reconocimiento mutuo entre un hombre que ha dedicado su vida a cantar y un público que ha hecho de esas canciones parte de su propia historia.

Quizás allí estuvo lo más conmovedor de la noche. En comprobar que hay algo de la pasión por la música que permanece más allá del tiempo. Algo que no se pierde con los años, que no se desgasta con los aplausos recibidos ni con los escenarios recorridos.

Raphael dejó el alma en el escenario. No hizo falta que el tiempo retrocediera ni que intentara parecerse al artista que fue. Estaba allí, con sus 83 años, con su historia, con su voz y con esa capacidad intacta de hacer de cada canción una experiencia profundamente emotiva.

Porque anoche, detrás del artista consagrado, seguía estando aquel niño que comenzó a cantar hace ocho décadas.

Y ese niño, el de Linares, sigue intacto. «Yo sigo siendo aquel».

 

Verónica Buiatti




lunes, 19 de octubre de 2026

Lo dejamos acá

Hay películas que nos enfrentan a nuestras propias contradicciones. Lo dejamos acá, dirigida por Hernán Goldfrid, pertenece a ese territorio donde la palabra, la mirada y el silencio son piezas de un juego sutil. Ricardo Darín interpreta a Ulises Verón, un prestigioso psicoanalista que comienza a desconfiar del arte de escuchar y decide cruzar límites en busca de un pragmatismo más eficaz. Frente a él surge Martín Bouchard, interpretado por Diego Peretti, un escritor bloqueado que se niega a ceder tan fácilmente sus preguntas. 

En ese cruce de voluntades reside el mayor encanto de la obra. Darín compone a un hombre convencido de su inteligencia, administrando gestos y pausas como en un duelo de ajedrez donde el control empieza a resquebrajarse. Peretti aporta la fragilidad, el desconcierto y una silenciosa resistencia, transformando cada diálogo en un espacio fértil. La química entre ambos evade la sobreactuación: el verdadero conflicto habita en lo dicho a medias, en las miradas cruzadas y en la duda constante sobre quién conduce y quién es conducido. 

El reparto se completa con la presencia discreta pero significativa de Antonia Bengoechea, contrapunto que humaniza la figura del protagonista, junto a atinadas intervenciones de Inés Efron y Andrea Politti. Goldfrid teje una trama que bascula entre la comedia negra, el drama y el suspenso psicológico, hallando tensión en lo cotidiano. Aunque el relato roza preguntas profundas sobre la manipulación, el narcisismo y los límites éticos sin llegar a agotarlas del todo, esa misma contención delimita su sugerente universo.

Al final, la película trasciende el consultorio para interrogar nuestros propios vínculos. ¿En qué momento el deseo de ayudar se convierte en tentación de control? Darín y Peretti sostienen magistralmente esa ambigüedad, recordándonos que escuchar no siempre es comprender y que la vida del otro jamás nos pertenece. 

Meche Martinez

 

viernes, 16 de octubre de 2026

Santos Vega

 


SANTOS VEGA: EL REGRESO A NUESTRAS RAÍCES, 

UNA FIESTA DE TEATRO Y ARGENTINIDAD

Hay propuestas teatrales que trascienden el escenario y se convierten en una experiencia que nos toca en lo más profundo. Santos Vega, en el Teatro Nacional Cervantes, es una de ellas: un regreso a nuestra identidad, a la memoria de un pueblo, a esa raíz criolla que sigue latiendo debajo de todo lo que somos.

Con una dirección magistral de Daniel Casablanca, la obra despliega un universo de imágenes, música, movimiento y emoción que recupera la esencia de la gauchesca y la transforma en una experiencia escénica vibrante, contemporánea y profundamente nuestra. Casablanca consigue que la tradición no sea una pieza de museo, sino una materia viva que respira, se mueve y nos interpela.

Federico Llambí, en el papel de Santos Vega, merece una mención especial. Su interpretación le da cuerpo y alma a la leyenda, construyendo un personaje que atraviesa el escenario con la fuerza de lo mítico y la humanidad de lo cercano. Una actuación que sostiene el corazón de esta historia y nos invita a entrar en ese territorio donde la poesía, el destino y la identidad se encuentran.

Y qué decir de esta gran compañía: Rosario Albornoz, Gonzalo Amor, Rosario Ascencio, Paraná Berreta, Gabriela Biebel, Fabricio Blanco, Camilo Carabajal, Martha Humbert Dunoyer, Federico LLambí, Emiliano Luna, Soledad Mangia, Yacaré Manso, Pedro Maurizi, Florencia Mendizabal, Roberto Monzo, Guido Napolitano, Mariana Ortiz Losada, Mariela Passeri, Solsiré Pinto, Gimena Riestra, Maia Roldán, Alejandro Segovia, Fernando Fefo Sellés, Rodrigo Vallejos, Eliana Vazquez, Alejandro Viola. Un elenco extraordinario, entregado y preciso, que construye colectivamente una obra de enorme riqueza. Cada presencia, cada gesto, cada voz suma a un entramado escénico donde nadie está de más y donde el trabajo en conjunto se vuelve una verdadera celebración del teatro.

La coreografía es una maravilla. El cuerpo se convierte en relato, la danza en memoria, el movimiento en paisaje. Malambos, ritmos, energía y plasticidad se enlazan con una potencia visual que conmueve y deslumbra. Hay una belleza extraordinaria en esa manera de contar también con el cuerpo, de hacer que la tradición popular se vuelva lenguaje teatral y que el escenario entero palpite al ritmo de nuestra tierra.

Santos Vega nos recuerda que hay historias que no necesitan ser ciertas para ser verdaderas; leyendas que nos pertenecen porque guardan algo esencial de nosotros mismos. Entre payadas, encuentros, despedidas, dolores y celebraciones, la obra nos devuelve aromas, sonidos y sentimientos que creíamos olvidados, pero que solo estaban esperando volver a despertar.

Qué alegría que el Teatro Nacional Cervantes apueste por propuestas de esta dimensión artística y cultural. Qué necesario es volver a encontrarnos con nuestras raíces a través de un teatro que honra la tradición sin renunciar a la creatividad, la belleza y la fuerza expresiva del presente.

Una dirección brillante, un elenco formidable, una compañía que deslumbra, una coreografía memorable y un Federico Llambí que encarna a Santos Vega con enorme presencia escénica.

Teatro del que emociona, del que celebra lo nuestro, del que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos.

Porque, a veces, para abrazar lo nuevo, necesitamos volver al principio.

¡Bravo, Santos Vega! ¡Bravo, Daniel Casablanca y toda esta maravillosa compañía del Teatro Nacional Cervantes! Y síii… VIVA LA PATRIA!

Meche Martínez

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Sobre Tratado sobre el hambre, de Zulema Lázaro

 


El hambre de los otros, el hambre de todos

Hay libros que no terminan cuando cerramos sus páginas, porque algo de lo que cuentan sigue sucediendo afuera, en las calles, en los cuerpos y en las vidas de quienes muchas veces preferimos no mirar. Tratado sobre el hambre, de Zulema Lázaro, es uno de esos libros que nos interpelan, nos conmueven y nos recuerdan que la literatura también puede ser una forma de conciencia.

Lázaro hace algo extraordinario: le da voz a quienes la sociedad suele condenar al silencio. Su protagonista, Alirio, es un hombre en situación de calle que ha perdido casi todo, pero conserva su inteligencia, su lenguaje y una singular capacidad para observar y nombrar el mundo. Su voz, desbordada, irreverente, llena de humor, ironía y poesía, es una forma de resistencia.

A su lado está Moira, su hija adolescente, que llega a vivir con él. Alirio debe enseñarle a sobrevivir en un mundo donde él mismo apenas consigue hacerlo. ¿Qué puede ofrecer un padre que carece de casa, de seguridad y de certezas? Puede transmitirle sus saberes, sus estrategias, su experiencia. Y en ese gesto, humilde y desgarrador, aparece una forma de amor que conmueve: cuidar aun cuando casi todo falta.

Zulema Lázaro no se limita a contar la pobreza: construye una lengua capaz de habitarla. No convierte a Alirio en una víctima sin matices, sino en un hombre entero, contradictorio, inteligente y digno. Le devuelve algo que la mirada social tantas veces le niega: su condición humana, su derecho a pensar y a decir.

Porque el hambre no es solamente la que duele en el estómago. También existe el hambre de afecto, de reconocimiento, de pertenencia; el hambre de ser visto, de que alguien se detenga y reconozca nuestra existencia.

Volver a esta novela en la Argentina actual adquiere una urgencia particular. Cuando las políticas económicas y sociales deterioran las condiciones de vida, cuando llegar a fin de mes se vuelve una hazaña y las necesidades más elementales se transforman en incertidumbre, el hambre deja de ser una palabra abstracta. Tiene cuerpos, rostros, familias e historias.

La literatura no reemplaza a la política, pero puede iluminar sus consecuencias humanas. Detrás de cada cifra hay una vida; detrás de cada situación de pobreza, alguien que intenta sostener sus vínculos, cuidar a los suyos y preservar su dignidad. La pobreza nunca debería parecernos natural, ni el sufrimiento ajeno convertirse en paisaje.

Alirio y Moira nos enfrentan a una pregunta dolorosa: ¿cómo se transmite el amor cuando no se puede garantizar la seguridad? ¿Cómo se ofrece un futuro cuando el presente está ocupado por la urgencia de sobrevivir?

Ahora que Zulema Lázaro presenta su nueva novela, Bianca Jagger, el próximo 12 de noviembre en Je Suis Lacan, en San Telmo, es una hermosa oportunidad para volver sobre este gran trabajo literario. No como quien recupera un libro del pasado, sino como quien encuentra en sus páginas nuevas preguntas para comprender el presente.

Hay algo profundamente amoroso en la escritura de Lázaro, aunque no sea complaciente. Su amor consiste en mirar de frente, en escuchar a quienes casi nadie escucha y en recordarnos que la dignidad no depende de cuánto dinero tengamos en el bolsillo.

Gracias, Zulema, por hacer de la palabra un refugio posible cuando casi todo lo demás falta. Por recordarnos que mirar a quienes han sido invisibilizados es también un acto de resistencia.

Porque hay libros que alimentan el pensamiento, pero este, además, nos recuerda que hay cuerpos que necesitan alimento, personas que necesitan amparo y una sociedad que necesita recuperar la capacidad de conmoverse, indignarse y actuar.


Meche Martinez

Como un aire de ilusión

Un paisaje de sueños, ilusiones y pasiones que se entrelazan.

Hay mundos que se construyen con sueños, se sostienen con ilusiones y cobran vida gracias a las pasiones que nos habitan. Como un aire de ilusión nos invita a entrar en uno de esos universos donde el circo y la familia se entrelazan profundamente, unidos por los afectos, los anhelos y la necesidad de creer que los sueños todavía son posibles.

El circo, con su magia y su poesía, se convierte en mucho más que un escenario: es un territorio donde conviven la fantasía, los vínculos y las emociones más genuinas. La familia, por su parte, aporta ese entramado íntimo donde las pasiones se revelan, se cruzan y encuentran su razón de ser.

Con excelentes actuaciones de Fabián Guzmán y Mónica Stricker, la obra construye un clima sensible y evocador, capaz de acercarnos a ese delicado equilibrio entre la realidad y la ilusión, entre lo que somos y aquello que soñamos ser.

La dramaturgia y dirección de Fernando Zabala dan forma a este paisaje teatral en el que el circo y la familia laten al unísono, recordándonos que hay pasiones que no se explican: se sienten, se viven y nos transforman.

✨ Como un aire de ilusión es una invitación a dejarnos llevar por la magia del teatro, a recuperar la capacidad de soñar y a descubrir que, a veces, basta un soplo de ilusión para que la vida vuelva a sorprendernos.

Meche Martínez

#ComoUnAireDeIlusión #Teatro #TeatroIndependiente #CríticaTeatral #FernandoZabala #FabiánGuzmán #MónicaStricker #CircoYFamilia #PasiónTeatral #Cultura

 

 

Dramaturgia: Fernando Zabala

Actúan: Fabián Guzmán, Mónica Stricker

Diseño de vestuario: Sabrina López Hovhannessian

Diseño de escenografía: Sabrina López Hovhannessian

Diseño de luces: Manuel Mazza

Realización de escenografia: Fernanda Outes

Realización de vestuario: Mane Creaciones

Fotografía: Patricio Vegezzi

Diseño gráfico: Patricio Vegezzi

Asistencia de escenario: Franco Capece, Dante Cruz

Asistencia de dirección: Julian Olcese

Prensa: Adriana Schottlender

Producción ejecutiva: Mónica Stricker

Producción general:  Fernando Zabala

Puesta en escena:  Fernando Zabala

Dirección general: Fernando Zabala

Agradecimientos: Omar Massa

Dirección de actores: Micaela Cruz

 

ÍTACA, COMPLEJO TEATRAL
Humahuaca 4027 (mapa)
Almagro - CABA - Argentina
Teléfonos: 75493926 WhatsApp 11 6669 4027
Web: https://www.instagram.com/itacacomplejoteatral/
Sábado - 17:30 hs - Hasta el 31/10/2026

 

Las gratitudes

Las Gratitudes: cuando las palabras se despiden, el amor todavía tiene algo que decir

Hay obras que llegan en el momento justo de la vida. Obras que, sin levantar la voz, nos ponen frente a esas preguntas que solemos postergar: ¿a quién le debemos un gracias? ¿Qué palabras nos quedaron pendientes? ¿Cuánto de lo que somos está hecho de aquello que alguna vez recibimos y nunca supimos cómo agradecer?

Las Gratitudes, la novela de la escritora francesa Delphine de Vigan, encuentra en su adaptación teatral una nueva forma de conmovernos. En el entrañable Teatro Picadero, ese espacio que parece guardar una intimidad particular con las historias que importan, la escena se convierte en territorio de la memoria, los afectos y la fragilidad humana.

Michka, el personaje central, es una mujer mayor que comienza a perder las palabras. Y en esa pérdida, tan dolorosa como inevitable, se revela una paradoja profundamente humana: cuando el lenguaje empieza a abandonarnos, aquello que verdaderamente importa busca otros modos de hacerse presente. Los gestos, los silencios, los recuerdos y la necesidad de agradecer adquieren entonces una dimensión extraordinaria.

Beatriz Spelzini compone una Michka conmovedora, de una sensibilidad que excede la interpretación y alcanza una verdad íntima. Su trabajo construye, desde los matices y la fragilidad, un personaje que no necesita explicarse todo el tiempo para llegar al corazón del espectador. Hay en su actuación una hondura que invita a mirar el envejecimiento no como una mera pérdida, sino como una vida entera que todavía reclama ser escuchada.

A su lado, Javier Lorenzo sostiene con solidez y sensibilidad el entramado emocional de la obra, aportando presencia y humanidad a este recorrido compartido. Y merece una mención especial Antonia Bengoechea, una actriz que viene dando verdaderos saltos cuánticos en su crecimiento artístico. Su presencia tiene frescura, escucha y una madurez interpretativa que deja entrever una evolución cada vez más interesante.

Bajo la dirección de Juan Tupac Soler y Federico Martínez, la adaptación encuentra su pulso en ese delicado equilibrio entre la emoción y la contención. Porque una historia como esta corre el riesgo de caer en el sentimentalismo, pero su potencia reside, precisamente, en permitir que la emoción aparezca sin forzarla. En dejar espacio para que cada espectador complete, desde su propia experiencia, aquello que sucede sobre el escenario.

La obra de Delphine de Vigan nos recuerda que agradecer no es solamente enumerar lo recibido. Es reconocer la huella que alguien dejó en nosotros. Es volver sobre nuestra historia y descubrir que, aun en medio del dolor, hubo manos que nos sostuvieron, palabras que nos acompañaron y presencias que hicieron más habitable el mundo.

Quizás por eso Las Gratitudes nos toca de una manera tan particular. Porque todos tenemos algo que agradecer, alguien a quien decirle lo que todavía no dijimos, alguna despedida que no terminó de encontrar sus palabras. Y porque el tiempo, que tantas veces creemos infinito, nos enfrenta con la urgencia de expresar aquello que sentimos antes de que sea demasiado tarde.

En el Picadero, la historia encuentra el clima justo para desplegar su intimidad. La cercanía de la sala, la humanidad de los personajes y la potencia de las actuaciones construyen una experiencia que permanece más allá del aplauso.

Hay palabras que se pierden. Hay recuerdos que se desvanecen. Pero hay gratitudes que permanecen.

Y tal vez el teatro tenga, entre sus muchos milagros, ese: recordarnos que todavía estamos a tiempo de decir gracias.

Meche Martínez



 

 

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