miércoles, 9 de septiembre de 2026

Maldición eterna

 

Maldición eterna: cuando la literatura encuentra otra forma de permanecer

“Fórmula que suma, no se cambia”, pensé al saber que esta nueva adaptación de Maldición eterna volvía a estar a cargo de Moncarz y Piñeiro. La certeza se confirmó al ver sobre el escenario a Luis Campos y Luz Miraldi, a quienes se suma Mateo Chiatino, otro hacedor de sueños. Y, en esas sincronías que hoy tienen nombre, aparece Tom Cl, músico y actor que ya ha trabajado junto a Moncarz y que compone una música sublime, capaz de completar y expandir el lenguaje de la escena. La escenografía de Alejandro Mateo y la iluminación de Ricardo Sica terminan de construir ese universo donde cada elemento parece encontrar su lugar.

Llevar al teatro una historia tan singular como la de Manuel Puig exige coraje y una particular concepción del espectador. La puesta reclama atención, escucha y entrega; y justamente allí reside también una forma de valorar el hecho teatral como experiencia viva, no como mero entretenimiento.

Puig vivió exiliado en Nueva York entre 1976 y 1980, experiencia de la que nació la novela que da origen a esta obra. Sin embargo, como sucede con las grandes obras literarias, aquello que Puig escribió entonces continúa interrogando el presente con una vigencia casi perturbadora. Sus preguntas no nos resultan ajenas: nos alcanzan.

Este año, Como bestias, con la presencia de su autora Violet Bérot, y ahora esta versión de Maldición eterna, parecen marcar en Hasta Trilce una programación que apuesta por un teatro menos complaciente y más ligado a la literatura. Moncarz y Piñeiro parecen estar construyendo, obra tras obra, un lenguaje propio: literatura hecha teatro y teatro que devuelve a la literatura una nueva vida. Quizás también sea una invitación a educarnos como espectadores, a ampliar la mirada y a descubrir que entre un libro y un escenario todavía existe un territorio fértil, necesario y profundamente cultural.

Meche Martínez

 

Autoría: Manuel Puig

Adaptación: Marcelo MoncarzClaudia Piñeiro

Actúan: Luis CamposMateo ChiarinoLuz Miraldi

Escenografía: Alejandro Mateo

Diseño de vestuario: Alejandro Mateo

Diseño sonoro: Tom CL

Realización escenográfica: Geronimo Tiengo

Música original: Tom CL

Diseño De Iluminación: Ricardo Sica

Diseño gráfico: Nahuel Lamoglia

Asistencia de dirección: Glenda Aramburu

Prensa: Valeria Franchi

Producción ejecutiva: Adriana Yasky

Puesta en escena: Marcelo Moncarz

Dirección: Marcelo Moncarz

Duración: 90 minutos
Clasificaciones: Teatro, Presencial, Adultos

TEATRO HASTA TRILCE
Maza 177 
Almagro - CABA - Argentina
Teléfonos: 4862-1758
Web: 
http://www.hastatrilce.com.ar
Domingo - 18:00 hs - Del 06/09/2026 al 29/11/2026

 

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Moria la serie

 

MORIA CUMPLIÓ 80 Y SE AUTOREGALÓ UNA SERIE DE NETFLIX

Moria Casán cumplió 80 años y se regaló una serie de Netflix sobre su propia vida. Y no es un detalle menor: es el relato de una mujer que lleva más de medio siglo construyendo a Moria Casán, inventándola, reinventándola y sosteniéndola frente a las miradas de los demás. Ana María Casanova nació antes que Moria. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿en qué momento Moria dejó de ser un personaje para convertirse en la persona?

La serie parece responder que esa frontera ya no existe. Que ya no hay una mujer por un lado y un personaje por el otro, sino una identidad que terminó fundiéndose con su propia construcción. No estamos frente a la vida de Moria Casán. Estamos frente a la vida de Moria Casán según Moria Casán. Y ella misma lo dice con absoluta claridad: “Es mi verdad, no la verdad de otro”.

Allí está, quizás, la clave para mirar esta serie. Porque una biografía autorizada es también una selección. Y seleccionar qué contar es, inevitablemente, seleccionar qué olvidar. Lo que aparece adquiere significado, pero también lo adquiere aquello que no aparece. La ausencia de algunos personajes puede ser tan elocuente como su presencia, porque una vida pública no se construye solamente con los acontecimientos que se recuerdan, sino también con aquellos que quedan fuera del relato.

Gerardo Sofovich aparece, pero su hijo cuestionó que haya quedado reducido dentro de la historia. Susana Giménez también es mostrada desde una mirada cuestionada. Otros personajes directamente quedaron afuera. Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿estamos frente a una biopic o frente a un auto-homenaje? ¿Estamos intentando conocer a la mujer detrás del personaje o asistiendo a la celebración de un personaje que ya consiguió convertirse en mito?

La serie puede leerse, entonces, como una extraordinaria operación de administración de la memoria. Moria decide qué acontecimientos se convierten en mito, cuáles adquieren una determinada interpretación y cuáles desaparecen del relato. Porque cuando una persona tiene semejante poder sobre su propia narración, contar la vida también significa ejercer una forma de poder sobre la memoria de quienes la compartieron.

Incluso sus heridas parecen convertirse en combustible para alimentar la leyenda. El episodio del electroshock durante su adolescencia merecía quizás otro lugar, otra mirada, otra profundidad. No necesariamente para juzgarlo desde el presente, sino para detenerse en lo que significa atravesar una experiencia semejante. Porque cuando hasta el trauma puede convertirse en una prueba más de excepcionalidad, algo empieza a resultar inquietante.

“Pero no era malo”, dijo Moria al referirse a aquella experiencia. Y esa frase obliga a detenerse. Sobrevivir a algo no significa necesariamente que aquello haya sido bueno. Tampoco significa que deba convertirse en una hazaña. Hay experiencias que nos atraviesan, que nos modifican y que conseguimos superar, pero cuya existencia no necesita ser convertida en una medalla para demostrar nuestra fortaleza.

Moria construyó durante décadas una mujer invulnerable, “elevada”, extraordinaria, capaz de atravesarlo todo sin quebrarse... raro.  Una mujer que parece no necesitar pedir permiso, ni disculpas, ni explicaciones… más raro. Convirtió sus escándalos en capítulos, sus heridas en medallas y a sus enemigos en personajes secundarios, descalificándolos, desestimándolos, sacándolos del juego. Será por eso que nadie la contradice… existe su razón y ella las tiene todas para liderarse.

Todo podía ser incorporado al gran relato de Moria: el escándalo, el amor, la pérdida, la televisión, el teatro, el cuerpo, la sexualidad, la provocación, la pelea y hasta el dolor.

Quizás esa sea su mayor genialidad: haber construido un personaje tan poderoso que terminó devorando a la persona. Una construcción que fue tan eficaz que, con el paso de los años, ya no sabemos dónde termina Moria y dónde comienza Ana María. Tal vez ni siquiera ella pueda establecer esa frontera, ni le interese hacerlo.

Ana María Casanova creó a Moria Casán para sobrevivir. Para entrar en escena, para ocupar un lugar, para hacerse visible y para no permitir que otros decidieran quién debía ser. Pero después de medio siglo, quizás Moria Casán terminó devorándose a Ana María Casanova. Quizás el personaje se volvió tan grande que ya no necesita a la mujer que alguna vez estuvo detrás suyo.

A los 80, Moria consiguió su mayor triunfo: hacer que su propia vida fuera a una ficción. Una ficción protagonizada por ella misma, narrada por ella misma y, en buena medida, controlada por ella misma. Esa es la verdadera obra de arte que construyó durante todos estos años: no solamente una carrera, sino una identidad convertida en espectáculo.

Pero hay algo que ninguna serie, por más poderosa que sea, puede resolver del todo. Una historia no se vuelve verdadera porque quien la cuenta tenga más poder. Se vuelve más verdadera cuando puede soportar también la voz de los otros. Cuando admite contradicciones, zonas oscuras, versiones diferentes, heridas que no pueden transformarse fácilmente en épica. Cuando deja entrar aquello que incomoda.

Porque quizás el verdadero desafío de Moria, a los 80, ya no sea seguir construyendo el personaje. Eso lo hizo durante más de medio siglo y con una eficacia extraordinaria. El verdadero desafío podría ser otro: permitir que, detrás de Moria Casán, podamos volver a escuchar alguna vez y a tiempo, la voz de Ana María Casanova. Sería lindo…

Meche Martínez

 

lunes, 31 de agosto de 2026

Barbarella

 


BARBARELLA, una literatura que muerde

Hay libros que cuentan historias y otros que se meten directamente dentro de la herida. Barbarella, la ópera prima de Zulema Lázaro, pertenece a estos últimos.
Sus cuentos recorren una Buenos Aires de subsuelos: personajes rotos, abusados y abusadores, violentos, perversos, marginales, pero también capaces de amar.
Lázaro no escribe sobre personajes buenos o malos: escribe sobre seres humanos atravesados por sus contradicciones.
Y allí reside una de las grandes potencias del libro: nadie queda cómodamente instalado en el lugar de víctima o victimario.
La autora no juzga a sus personajes: les da voz, cuerpo, deseo y existencia.
Julia Saltzmann lo advierte en su prólogo: una narradora que irrespeta casi todo, pero que respeta profundamente la lengua.
Y la lengua de Lázaro es justamente eso: robusta, barroca, torrencial, excesiva, irreverente.
Una escritura que no pide permiso y que parece desbordarse al mismo tiempo que se desbordan sus personajes.
El exceso no es solamente un recurso estilístico: es también una forma de mirar el mundo.
Frente a la pobreza, la violencia y la marginalidad, Lázaro se niega al costumbrismo y a la mirada complaciente.
No estetiza el dolor: lo atraviesa.
Sus cuerpos están fuera de norma, pero nunca fuera de la humanidad.
Cuerpos que desean, sufren, sobreviven, se enferman, se entregan y se defienden.
En el cuento que da nombre al libro, incluso el deseo de transformarse en otra aparece como una pregunta por la propia identidad.
¿Qué hacemos con el cuerpo que nos tocó? ¿Lo habitamos, lo rechazamos, lo convertimos en deseo?
En Lázaro, el cuerpo siempre es territorio: de memoria, de violencia, de placer y de supervivencia.
También aparece el humor, muchas veces oscuro y grotesco, como una manera de respirar dentro del espanto.
Porque cuando todo es tragedia, el lector se anestesia; el humor, en cambio, abre una grieta.
Barbarella deja ver, además, a una escritora que ya conoce el poder de su herramienta fundamental: la palabra.
Una escritora que no busca explicar la realidad, sino entrar en ella.
Y entrar significa aceptar sus contradicciones, sus zonas oscuras y aquello que preferimos no mirar.
Por eso estos cuentos incomodan: porque sus personajes no pueden ser reducidos a etiquetas.
Son monstruosos a veces, tiernos otras, violentos, vulnerables, deseantes y profundamente humanos.
Lázaro no los salva ni los condena: los vuelve literatura.
Y esa es, quizás, la mayor virtud de Barbarella: una literatura que no acaricia la herida, la mira de frente y muerde.

Meche Martínez

#Barbarella #ZulemaLázaro #LiteraturaArgentina #Cuentos #LiteraturaContemporánea

 

Alejandra, la enamorada del Viento

 

Volver a asomarse al borde de la altura

Hay escritoras que se leen. Hay otras que, de algún modo, se nos quedan viviendo adentro. Alejandra Pizarnik pertenece a esa segunda categoría. Su poesía no termina en la página: continúa en el cuerpo, en la respiración, en aquello que queda vibrando después de haberla leído. Por eso acercarse a ella desde el teatro implica un riesgo enorme: el de convertirla en estatua, en mito, en personaje trágico o, peor aún, en la caricatura de una poeta atormentada.

“La enamorada del viento” elige otro camino. Y allí reside una de sus mayores virtudes.

Con dramaturgia y dirección de Coni Marino, el espectáculo se acerca a Pizarnik desde una mirada sensible, profundamente humanista y, también, profundamente femenina. No intenta explicar a Alejandra. No pretende domesticarla ni traducirla. Hace algo mucho más interesante: la vuelve a poner en movimiento.

Marino comprende que Pizarnik no puede ser reducida a su muerte, a su fragilidad ni a la oscuridad que tantas veces ha rodeado la lectura de su obra. Hay dolor, sí. Hay soledad, obsesiones, desgarro. Pero también hay juego, ironía, deseo, irreverencia, humor y una extraordinaria capacidad para mirar el mundo desde un lugar donde las palabras parecían estar siempre a punto de romperse.

Y esa multiplicidad aparece en escena.

Rocío Cravero y María Seghini ponen sus voces y sus cuerpos al servicio de una poesía que necesita ser dicha, escuchada y respirada. No se trata simplemente de recitar textos de Pizarnik: hay una verdadera construcción interpretativa que permite que sus palabras recuperen carne. Las voces dialogan, se cruzan, se acompañan y, por momentos, parecen buscar a esa mujer que escribió desde el borde.

La música en piano no funciona como mero acompañamiento: crea atmósfera, abre silencios, subraya estados interiores y convierte el recorrido por la vida y la obra de Pizarnik en una experiencia sensorial.

Porque este no es solamente un espectáculo sobre una poeta. Es un espectáculo sobre la relación entre una mujer y las palabras que eligió para sobrevivir, para preguntar, para amar, para incomodar y para intentar nombrar aquello que parecía innombrable.

Hay una frase de Julio Cortázar que atraviesa inevitablemente cualquier aproximación a Pizarnik: “Ella caminaba al borde de algo muy alto”. La imagen es poderosa porque contiene buena parte del misterio de Alejandra. Pero “La enamorada del viento” consigue algo todavía más valioso: no se queda mirando el abismo, se asoma.

Quien conoce a Pizarnik encontrará ecos, resonancias, textos queridos, imágenes conocidas y acaso alguna nueva puerta de entrada a su obra. Pero quien nunca se acercó a ella tiene aquí una oportunidad extraordinaria: conocerla sin solemnidad, sin prejuicios y sin la distancia que suele imponer el mito.

La Alejandra que aparece en escena duele, pero también vibra. Se rebela. Se divierte con el lenguaje. Juega con las palabras como quien juega con fuego. Se permite la contradicción. Se vuelve cercana.

Y acaso allí esté el mayor logro de la propuesta de Coni Marino: hacer presente a Pizarnik sin imitarla.

Pizarnik ahi continúa preguntando.

¿Qué hacemos con el lenguaje cuando las palabras no alcanzan?
¿Cómo se escribe el deseo?
¿Cómo se nombra la soledad?
¿Dónde termina la literatura y empieza la vida?
¿Cuánto de nosotros mismos dejamos cada vez que escribimos?

Quizás por eso Alejandra sigue siendo tan contemporánea.

Su poesía habla de una época, pero también habla de nosotros.

“La enamorada del viento” es, finalmente, una invitación a volver a leerla. Pero también a descubrirla por primera vez. A escucharla en otras voces. A dejar que sus palabras salgan del libro y entren en el cuerpo de quienes las pronuncian y de quienes las reciben.

Hay algo conmovedor en comprobar que, tantos años después, Alejandra vuelve a estar allí.

Una experiencia teatral que no busca explicar a Pizarnik: busca hacerla sentir. Y lo consigue.

Meche Martinez

Dramaturgia: Coni Marino

Actúan: Rocío CraveroMaría Seghini

Piano: Rocío Cravero

Producción: Marisa Garrigó

Dirección: Coni Marino

PISTA URBANA
Chacabuco 874 
(mapa)
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4361 3015
Web: 
http://pistaurbana.com
Entrada: $ 25.000,00 - Domingo - 20:00 hs - 20/09/2026

 

Somos 5


 CUANDO LOS QUE SE FUERON SIGUEN ESTANDO

Hay obras que hablan de la muerte y, sin embargo, están profundamente llenas de vida. Somos 5, de Rubén De la Torre, codirigida junto a Pablo Gorlero, es una de ellas.
A partir de la muerte de Marito, un grupo de amigos llega a una casa del Tigre intentando despedir sus cenizas, pero termina haciendo algo mucho más profundo: volver a encontrarse con él en los recuerdos.
Porque la ausencia tiene esa extraña manera de quedarse habitando los lugares, las conversaciones, las risas y hasta los silencios.
El texto de De la Torre es brillante, sensible y profundamente humano. Tiene humor, ternura y esa nostalgia que no lastima, sino que abraza.
Dana Basso está impresionante, con una actuación de enorme sensibilidad; Ana Padilla aporta frescura y jovialidad, mientras Javier Niklison y Néstor Caniglia sostienen sus personajes con justeza y verdad.
Pero hay algo más que sucede en escena: quienes alguna vez perdimos a un amigo reconocemos inmediatamente ese territorio.
Sabemos que los muertos queridos no desaparecen del todo. Se quedan en una frase, en una anécdota, en una canción, en la memoria compartida.
Marito ya no está físicamente, pero está en cada uno de ellos.
Y quizás esa sea la hermosa verdad que Somos 5 viene a recordarnos: mientras alguien nos recuerde, seguimos estando.
Porque hay ausencias que, con el tiempo, aprenden a convertirse en presencia.

 Meche Martinez

Una obra escrita por Rubén De la Torre y codirigida junto a Pablo Gorlero, con
actuaciones de Dana Basso, Ana Padilla, Javier Niklison y Néstor Caniglia.

Autoría: Rubén De la Torre

Dirección: Pablo Gorlero y Rubén De la Torre

Actúan: Dana Basso, Ana Padilla, Javier Niklison y Néstor Caniglia

Diseño de escenografía e iluminación: Pablo Calmet

Diseño sonoro y composición musical: Fernando Nazar

Producción Ejecutiva: Carolina Liponetzky

Este espectáculo cuenta con el apoyo de Proteatro

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El tipo

 

Cuando la obsesión se disfraza de amor

Hay algo inquietante en El tipo: no necesita grandes acontecimientos para construir un universo profundamente perturbador. Un policía conoce casualmente a una mujer y, a partir de ese encuentro mínimo, comienza a construir una relación que existe casi exclusivamente en su cabeza. La sigue en redes, lee lo que ella lee, escucha su música, reconstruye sus gustos. Poco a poco, lo que él llama amor revela su verdadera naturaleza: una obsesión que crece alimentada por la soledad.

Lisandro Penelas compone un personaje extraordinario. Hay fragilidad, ingenuidad, humor y una incomodidad que se instala lentamente en el espectador. Su actuación consigue algo muy difícil: que podamos acercarnos a ese hombre, comprender su necesidad afectiva y, al mismo tiempo, sentir alarma frente a aquello en lo que convierte esa necesidad.

La dirección de Ana Scannapieco acompaña con precisión ese descenso hacia una intimidad cada vez más asfixiante, sin subrayados innecesarios. Todo parece sencillo, cotidiano, casi inocente, hasta que comprendemos que detrás de cada gesto hay una frontera que se está cruzando.

El tipo habla de la soledad, pero también de nuestra época: de cómo las redes permiten observar al otro hasta fabricar una falsa sensación de cercanía. Y plantea una pregunta incómoda: ¿en qué momento el amor deja de ser encuentro para convertirse en apropiación?

Una obra pequeña en apariencia, pero inquietante y potente en aquello que deja resonando cuando termina. (Meche Martinez)

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Autoría:  Lisandro Penelas

Intérpretes: Lisandro Penelas

Vestuario: Jose Escobar

Diseño de escenografía: Jose Escobar

Diseño De Iluminación: Soledad Ianni

Fotografía: María Laura Tavacca

Diseño gráfico: María Laura Tavacca

Asistencia de dirección: Victoria Belén Rodríguez

Producción ejecutiva: Lucía Marquez

Dirección: Ana Scannapieco

 

domingo, 16 de agosto de 2026

Gauchito Gil

Gauchito Gil es una pieza breve, sensible y profundamente argentina, que encuentra en la leyenda popular un territorio para hablar también del olvido, la nostalgia y la necesidad de seguir siendo mirado.

Con libro de Ailén Banna, la obra construye con ternura y humor a ese Gauchito que, bajo el sol correntino, espera cada día a sus fieles y descubre, entre puchos, vino, rosarios y pañuelos rojos, un álbum que le devuelve la imagen de su antigua gloria. La dirección amorosa de Juan Pablo Caldarone acompaña ese universo sin subrayados, permitiendo que lo mítico conviva naturalmente con lo cotidiano.

Candela Casalla se luce con una actuación dúctil, graciosa y llena de matices, capaz de transitar la ternura, la ironía y la soledad de un personaje que teme desaparecer de la memoria colectiva.

Son 50 minutos de leyenda, humor y emoción, un encuentro con nuestro imaginario popular que deja una sonrisa y, detrás de ella, una pregunta hermosa: ¿qué sucede cuando aquellos a quienes alguna vez invocamos empiezan a necesitar que alguien los invoque a ellos?

Una muy buena experiencia teatral, atravesada por la mística, la humanidad y ese particular encanto de la tradición argentina. Y, claro, con la inolvidable aparición del cura rutero, que termina de convertir el viaje en un muy buen momento compartido.

Meche Martínez

 

Dramaturgia: Ailen Maria Bahna

Actúan: Candela Casalla

Dirección: Juan Pablo Pereyra Caldarone

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Maldición eterna

  Maldición eterna: cuando la literatura encuentra otra forma de permanecer “Fórmula que suma, no se cambia”, pensé al saber que esta nuev...