jueves, 3 de septiembre de 2026

Moria la serie

 

MORIA CUMPLIÓ 80 Y SE AUTOREGALÓ UNA SERIE DE NETFLIX

Moria Casán cumplió 80 años y se regaló una serie de Netflix sobre su propia vida. Y no es un detalle menor: es el relato de una mujer que lleva más de medio siglo construyendo a Moria Casán, inventándola, reinventándola y sosteniéndola frente a las miradas de los demás. Ana María Casanova nació antes que Moria. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿en qué momento Moria dejó de ser un personaje para convertirse en la persona?

La serie parece responder que esa frontera ya no existe. Que ya no hay una mujer por un lado y un personaje por el otro, sino una identidad que terminó fundiéndose con su propia construcción. No estamos frente a la vida de Moria Casán. Estamos frente a la vida de Moria Casán según Moria Casán. Y ella misma lo dice con absoluta claridad: “Es mi verdad, no la verdad de otro”.

Allí está, quizás, la clave para mirar esta serie. Porque una biografía autorizada es también una selección. Y seleccionar qué contar es, inevitablemente, seleccionar qué olvidar. Lo que aparece adquiere significado, pero también lo adquiere aquello que no aparece. La ausencia de algunos personajes puede ser tan elocuente como su presencia, porque una vida pública no se construye solamente con los acontecimientos que se recuerdan, sino también con aquellos que quedan fuera del relato.

Gerardo Sofovich aparece, pero su hijo cuestionó que haya quedado reducido dentro de la historia. Susana Giménez también es mostrada desde una mirada cuestionada. Otros personajes directamente quedaron afuera. Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿estamos frente a una biopic o frente a un auto-homenaje? ¿Estamos intentando conocer a la mujer detrás del personaje o asistiendo a la celebración de un personaje que ya consiguió convertirse en mito?

La serie puede leerse, entonces, como una extraordinaria operación de administración de la memoria. Moria decide qué acontecimientos se convierten en mito, cuáles adquieren una determinada interpretación y cuáles desaparecen del relato. Porque cuando una persona tiene semejante poder sobre su propia narración, contar la vida también significa ejercer una forma de poder sobre la memoria de quienes la compartieron.

Incluso sus heridas parecen convertirse en combustible para alimentar la leyenda. El episodio del electroshock durante su adolescencia merecía quizás otro lugar, otra mirada, otra profundidad. No necesariamente para juzgarlo desde el presente, sino para detenerse en lo que significa atravesar una experiencia semejante. Porque cuando hasta el trauma puede convertirse en una prueba más de excepcionalidad, algo empieza a resultar inquietante.

“Pero no era malo”, dijo Moria al referirse a aquella experiencia. Y esa frase obliga a detenerse. Sobrevivir a algo no significa necesariamente que aquello haya sido bueno. Tampoco significa que deba convertirse en una hazaña. Hay experiencias que nos atraviesan, que nos modifican y que conseguimos superar, pero cuya existencia no necesita ser convertida en una medalla para demostrar nuestra fortaleza.

Moria construyó durante décadas una mujer invulnerable, “elevada”, extraordinaria, capaz de atravesarlo todo sin quebrarse... raro.  Una mujer que parece no necesitar pedir permiso, ni disculpas, ni explicaciones… más raro. Convirtió sus escándalos en capítulos, sus heridas en medallas y a sus enemigos en personajes secundarios, descalificándolos, desestimándolos, sacándolos del juego. Será por eso que nadie la contradice… existe su razón y ella las tiene todas para liderarse.

Todo podía ser incorporado al gran relato de Moria: el escándalo, el amor, la pérdida, la televisión, el teatro, el cuerpo, la sexualidad, la provocación, la pelea y hasta el dolor.

Quizás esa sea su mayor genialidad: haber construido un personaje tan poderoso que terminó devorando a la persona. Una construcción que fue tan eficaz que, con el paso de los años, ya no sabemos dónde termina Moria y dónde comienza Ana María. Tal vez ni siquiera ella pueda establecer esa frontera, ni le interese hacerlo.

Ana María Casanova creó a Moria Casán para sobrevivir. Para entrar en escena, para ocupar un lugar, para hacerse visible y para no permitir que otros decidieran quién debía ser. Pero después de medio siglo, quizás Moria Casán terminó devorándose a Ana María Casanova. Quizás el personaje se volvió tan grande que ya no necesita a la mujer que alguna vez estuvo detrás suyo.

A los 80, Moria consiguió su mayor triunfo: hacer que su propia vida fuera a una ficción. Una ficción protagonizada por ella misma, narrada por ella misma y, en buena medida, controlada por ella misma. Esa es la verdadera obra de arte que construyó durante todos estos años: no solamente una carrera, sino una identidad convertida en espectáculo.

Pero hay algo que ninguna serie, por más poderosa que sea, puede resolver del todo. Una historia no se vuelve verdadera porque quien la cuenta tenga más poder. Se vuelve más verdadera cuando puede soportar también la voz de los otros. Cuando admite contradicciones, zonas oscuras, versiones diferentes, heridas que no pueden transformarse fácilmente en épica. Cuando deja entrar aquello que incomoda.

Porque quizás el verdadero desafío de Moria, a los 80, ya no sea seguir construyendo el personaje. Eso lo hizo durante más de medio siglo y con una eficacia extraordinaria. El verdadero desafío podría ser otro: permitir que, detrás de Moria Casán, podamos volver a escuchar alguna vez y a tiempo, la voz de Ana María Casanova. Sería lindo…

Meche Martínez

 

lunes, 31 de agosto de 2026

Barbarella

 


BARBARELLA, una literatura que muerde

Hay libros que cuentan historias y otros que se meten directamente dentro de la herida. Barbarella, la ópera prima de Zulema Lázaro, pertenece a estos últimos.
Sus cuentos recorren una Buenos Aires de subsuelos: personajes rotos, abusados y abusadores, violentos, perversos, marginales, pero también capaces de amar.
Lázaro no escribe sobre personajes buenos o malos: escribe sobre seres humanos atravesados por sus contradicciones.
Y allí reside una de las grandes potencias del libro: nadie queda cómodamente instalado en el lugar de víctima o victimario.
La autora no juzga a sus personajes: les da voz, cuerpo, deseo y existencia.
Julia Saltzmann lo advierte en su prólogo: una narradora que irrespeta casi todo, pero que respeta profundamente la lengua.
Y la lengua de Lázaro es justamente eso: robusta, barroca, torrencial, excesiva, irreverente.
Una escritura que no pide permiso y que parece desbordarse al mismo tiempo que se desbordan sus personajes.
El exceso no es solamente un recurso estilístico: es también una forma de mirar el mundo.
Frente a la pobreza, la violencia y la marginalidad, Lázaro se niega al costumbrismo y a la mirada complaciente.
No estetiza el dolor: lo atraviesa.
Sus cuerpos están fuera de norma, pero nunca fuera de la humanidad.
Cuerpos que desean, sufren, sobreviven, se enferman, se entregan y se defienden.
En el cuento que da nombre al libro, incluso el deseo de transformarse en otra aparece como una pregunta por la propia identidad.
¿Qué hacemos con el cuerpo que nos tocó? ¿Lo habitamos, lo rechazamos, lo convertimos en deseo?
En Lázaro, el cuerpo siempre es territorio: de memoria, de violencia, de placer y de supervivencia.
También aparece el humor, muchas veces oscuro y grotesco, como una manera de respirar dentro del espanto.
Porque cuando todo es tragedia, el lector se anestesia; el humor, en cambio, abre una grieta.
Barbarella deja ver, además, a una escritora que ya conoce el poder de su herramienta fundamental: la palabra.
Una escritora que no busca explicar la realidad, sino entrar en ella.
Y entrar significa aceptar sus contradicciones, sus zonas oscuras y aquello que preferimos no mirar.
Por eso estos cuentos incomodan: porque sus personajes no pueden ser reducidos a etiquetas.
Son monstruosos a veces, tiernos otras, violentos, vulnerables, deseantes y profundamente humanos.
Lázaro no los salva ni los condena: los vuelve literatura.
Y esa es, quizás, la mayor virtud de Barbarella: una literatura que no acaricia la herida, la mira de frente y muerde.

Meche Martínez

#Barbarella #ZulemaLázaro #LiteraturaArgentina #Cuentos #LiteraturaContemporánea

 

Alejandra, la enamorada del Viento

 

Volver a asomarse al borde de la altura

Hay escritoras que se leen. Hay otras que, de algún modo, se nos quedan viviendo adentro. Alejandra Pizarnik pertenece a esa segunda categoría. Su poesía no termina en la página: continúa en el cuerpo, en la respiración, en aquello que queda vibrando después de haberla leído. Por eso acercarse a ella desde el teatro implica un riesgo enorme: el de convertirla en estatua, en mito, en personaje trágico o, peor aún, en la caricatura de una poeta atormentada.

“La enamorada del viento” elige otro camino. Y allí reside una de sus mayores virtudes.

Con dramaturgia y dirección de Coni Marino, el espectáculo se acerca a Pizarnik desde una mirada sensible, profundamente humanista y, también, profundamente femenina. No intenta explicar a Alejandra. No pretende domesticarla ni traducirla. Hace algo mucho más interesante: la vuelve a poner en movimiento.

Marino comprende que Pizarnik no puede ser reducida a su muerte, a su fragilidad ni a la oscuridad que tantas veces ha rodeado la lectura de su obra. Hay dolor, sí. Hay soledad, obsesiones, desgarro. Pero también hay juego, ironía, deseo, irreverencia, humor y una extraordinaria capacidad para mirar el mundo desde un lugar donde las palabras parecían estar siempre a punto de romperse.

Y esa multiplicidad aparece en escena.

Rocío Cravero y María Seghini ponen sus voces y sus cuerpos al servicio de una poesía que necesita ser dicha, escuchada y respirada. No se trata simplemente de recitar textos de Pizarnik: hay una verdadera construcción interpretativa que permite que sus palabras recuperen carne. Las voces dialogan, se cruzan, se acompañan y, por momentos, parecen buscar a esa mujer que escribió desde el borde.

La música en piano no funciona como mero acompañamiento: crea atmósfera, abre silencios, subraya estados interiores y convierte el recorrido por la vida y la obra de Pizarnik en una experiencia sensorial.

Porque este no es solamente un espectáculo sobre una poeta. Es un espectáculo sobre la relación entre una mujer y las palabras que eligió para sobrevivir, para preguntar, para amar, para incomodar y para intentar nombrar aquello que parecía innombrable.

Hay una frase de Julio Cortázar que atraviesa inevitablemente cualquier aproximación a Pizarnik: “Ella caminaba al borde de algo muy alto”. La imagen es poderosa porque contiene buena parte del misterio de Alejandra. Pero “La enamorada del viento” consigue algo todavía más valioso: no se queda mirando el abismo, se asoma.

Quien conoce a Pizarnik encontrará ecos, resonancias, textos queridos, imágenes conocidas y acaso alguna nueva puerta de entrada a su obra. Pero quien nunca se acercó a ella tiene aquí una oportunidad extraordinaria: conocerla sin solemnidad, sin prejuicios y sin la distancia que suele imponer el mito.

La Alejandra que aparece en escena duele, pero también vibra. Se rebela. Se divierte con el lenguaje. Juega con las palabras como quien juega con fuego. Se permite la contradicción. Se vuelve cercana.

Y acaso allí esté el mayor logro de la propuesta de Coni Marino: hacer presente a Pizarnik sin imitarla.

Pizarnik ahi continúa preguntando.

¿Qué hacemos con el lenguaje cuando las palabras no alcanzan?
¿Cómo se escribe el deseo?
¿Cómo se nombra la soledad?
¿Dónde termina la literatura y empieza la vida?
¿Cuánto de nosotros mismos dejamos cada vez que escribimos?

Quizás por eso Alejandra sigue siendo tan contemporánea.

Su poesía habla de una época, pero también habla de nosotros.

“La enamorada del viento” es, finalmente, una invitación a volver a leerla. Pero también a descubrirla por primera vez. A escucharla en otras voces. A dejar que sus palabras salgan del libro y entren en el cuerpo de quienes las pronuncian y de quienes las reciben.

Hay algo conmovedor en comprobar que, tantos años después, Alejandra vuelve a estar allí.

Una experiencia teatral que no busca explicar a Pizarnik: busca hacerla sentir. Y lo consigue.

Meche Martinez

Dramaturgia: Coni Marino

Actúan: Rocío CraveroMaría Seghini

Piano: Rocío Cravero

Producción: Marisa Garrigó

Dirección: Coni Marino

PISTA URBANA
Chacabuco 874 
(mapa)
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4361 3015
Web: 
http://pistaurbana.com
Entrada: $ 25.000,00 - Domingo - 20:00 hs - 20/09/2026

 

Somos 5


 CUANDO LOS QUE SE FUERON SIGUEN ESTANDO

Hay obras que hablan de la muerte y, sin embargo, están profundamente llenas de vida. Somos 5, de Rubén De la Torre, codirigida junto a Pablo Gorlero, es una de ellas.
A partir de la muerte de Marito, un grupo de amigos llega a una casa del Tigre intentando despedir sus cenizas, pero termina haciendo algo mucho más profundo: volver a encontrarse con él en los recuerdos.
Porque la ausencia tiene esa extraña manera de quedarse habitando los lugares, las conversaciones, las risas y hasta los silencios.
El texto de De la Torre es brillante, sensible y profundamente humano. Tiene humor, ternura y esa nostalgia que no lastima, sino que abraza.
Dana Basso está impresionante, con una actuación de enorme sensibilidad; Ana Padilla aporta frescura y jovialidad, mientras Javier Niklison y Néstor Caniglia sostienen sus personajes con justeza y verdad.
Pero hay algo más que sucede en escena: quienes alguna vez perdimos a un amigo reconocemos inmediatamente ese territorio.
Sabemos que los muertos queridos no desaparecen del todo. Se quedan en una frase, en una anécdota, en una canción, en la memoria compartida.
Marito ya no está físicamente, pero está en cada uno de ellos.
Y quizás esa sea la hermosa verdad que Somos 5 viene a recordarnos: mientras alguien nos recuerde, seguimos estando.
Porque hay ausencias que, con el tiempo, aprenden a convertirse en presencia.

 Meche Martinez

Una obra escrita por Rubén De la Torre y codirigida junto a Pablo Gorlero, con
actuaciones de Dana Basso, Ana Padilla, Javier Niklison y Néstor Caniglia.

Autoría: Rubén De la Torre

Dirección: Pablo Gorlero y Rubén De la Torre

Actúan: Dana Basso, Ana Padilla, Javier Niklison y Néstor Caniglia

Diseño de escenografía e iluminación: Pablo Calmet

Diseño sonoro y composición musical: Fernando Nazar

Producción Ejecutiva: Carolina Liponetzky

Este espectáculo cuenta con el apoyo de Proteatro

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El tipo

 

Cuando la obsesión se disfraza de amor

Hay algo inquietante en El tipo: no necesita grandes acontecimientos para construir un universo profundamente perturbador. Un policía conoce casualmente a una mujer y, a partir de ese encuentro mínimo, comienza a construir una relación que existe casi exclusivamente en su cabeza. La sigue en redes, lee lo que ella lee, escucha su música, reconstruye sus gustos. Poco a poco, lo que él llama amor revela su verdadera naturaleza: una obsesión que crece alimentada por la soledad.

Lisandro Penelas compone un personaje extraordinario. Hay fragilidad, ingenuidad, humor y una incomodidad que se instala lentamente en el espectador. Su actuación consigue algo muy difícil: que podamos acercarnos a ese hombre, comprender su necesidad afectiva y, al mismo tiempo, sentir alarma frente a aquello en lo que convierte esa necesidad.

La dirección de Ana Scannapieco acompaña con precisión ese descenso hacia una intimidad cada vez más asfixiante, sin subrayados innecesarios. Todo parece sencillo, cotidiano, casi inocente, hasta que comprendemos que detrás de cada gesto hay una frontera que se está cruzando.

El tipo habla de la soledad, pero también de nuestra época: de cómo las redes permiten observar al otro hasta fabricar una falsa sensación de cercanía. Y plantea una pregunta incómoda: ¿en qué momento el amor deja de ser encuentro para convertirse en apropiación?

Una obra pequeña en apariencia, pero inquietante y potente en aquello que deja resonando cuando termina. (Meche Martinez)

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Autoría:  Lisandro Penelas

Intérpretes: Lisandro Penelas

Vestuario: Jose Escobar

Diseño de escenografía: Jose Escobar

Diseño De Iluminación: Soledad Ianni

Fotografía: María Laura Tavacca

Diseño gráfico: María Laura Tavacca

Asistencia de dirección: Victoria Belén Rodríguez

Producción ejecutiva: Lucía Marquez

Dirección: Ana Scannapieco

 

domingo, 16 de agosto de 2026

Gauchito Gil

Gauchito Gil es una pieza breve, sensible y profundamente argentina, que encuentra en la leyenda popular un territorio para hablar también del olvido, la nostalgia y la necesidad de seguir siendo mirado.

Con libro de Ailén Banna, la obra construye con ternura y humor a ese Gauchito que, bajo el sol correntino, espera cada día a sus fieles y descubre, entre puchos, vino, rosarios y pañuelos rojos, un álbum que le devuelve la imagen de su antigua gloria. La dirección amorosa de Juan Pablo Caldarone acompaña ese universo sin subrayados, permitiendo que lo mítico conviva naturalmente con lo cotidiano.

Candela Casalla se luce con una actuación dúctil, graciosa y llena de matices, capaz de transitar la ternura, la ironía y la soledad de un personaje que teme desaparecer de la memoria colectiva.

Son 50 minutos de leyenda, humor y emoción, un encuentro con nuestro imaginario popular que deja una sonrisa y, detrás de ella, una pregunta hermosa: ¿qué sucede cuando aquellos a quienes alguna vez invocamos empiezan a necesitar que alguien los invoque a ellos?

Una muy buena experiencia teatral, atravesada por la mística, la humanidad y ese particular encanto de la tradición argentina. Y, claro, con la inolvidable aparición del cura rutero, que termina de convertir el viaje en un muy buen momento compartido.

Meche Martínez

 

Dramaturgia: Ailen Maria Bahna

Actúan: Candela Casalla

Dirección: Juan Pablo Pereyra Caldarone

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Las hijas

 


Una obra que encuentra su verdad en el cuerpo de sus actrices

Hay obras que se sostienen por una historia. Otras, por una puesta. Y están aquellas que encuentran su verdadera dimensión cuando los actores consiguen apropiarse de lo que está escrito y transformarlo en algo vivo, algo que sucede frente a nosotros y que, por un rato, deja de pertenecernos como espectadores para convertirse en una experiencia.

Aquí hay, sobre todo, actuación.

Soledad Villamil vuelve a demostrar por qué es una de esas intérpretes capaces de atravesar una escena sin necesidad de subrayarla. Hay en ella una precisión extraordinaria: sabe cuándo contener, cuándo dejar que una mirada diga aquello que el personaje todavía no puede poner en palabras y cuándo permitir que la emoción aparezca sin artificios. Su trabajo tiene esa rara cualidad de parecer sencillo cuando, detrás, hay un enorme dominio del instrumento.

A su lado, Pilar Gamboa construye una presencia potentísima. Gamboa tiene una manera muy particular de habitar el escenario: puede ser filosa, vulnerable, incómoda, divertida o profundamente conmovedora en apenas unos segundos. Su actuación no busca caer simpática ni explicar demasiado; se entrega al conflicto y lo transita con una verdad que resulta imposible de ignorar.

Y allí aparece Florencia Peña, en una interpretación ajustada, inteligente, medida. Una actriz que conoce perfectamente sus recursos y que, en esta oportunidad, encuentra el tono adecuado para que el personaje no quede atrapado en el lucimiento personal. Peña compone, escucha, responde y sostiene. Y eso, en una obra donde el vínculo entre los personajes resulta fundamental, tiene un valor enorme.

Porque el teatro también está hecho de eso: de escuchar al otro.

La dirección de Adrián Suar acompaña ese trabajo con una mirada precisa, sin excesos. Hay una puesta que entiende que no todo necesita ser explicado, que los actores deben tener espacio para construir y que la escena necesita respirar. Suar dirige con una mano firme pero discreta, permitiendo que el material dramático encuentre su propio ritmo y que las intérpretes sean quienes conduzcan al espectador.

Y quizás allí esté uno de los mayores aciertos: no hay una búsqueda desesperada por demostrar. Hay confianza.

Confianza en el texto, en la escena y, fundamentalmente, en las actrices.

Villamil, Gamboa y Peña conforman un trío de enorme potencia, con registros diferentes que se encuentran, se chocan y se enriquecen. Cada una aporta una textura propia y, cuando esas tres energías se cruzan, aparece lo mejor de la obra.

Porque finalmente el teatro no es solamente aquello que se cuenta.

Es aquello que nos pasa mientras alguien lo cuenta.

Y cuando tres actrices de esta dimensión consiguen que una historia nos toque, nos incomode, nos haga sonreír o nos deje pensando mucho después de que se apagaron las luces, entonces el teatro vuelve a cumplir su milagro más antiguo: hacer que, durante un rato, la vida suceda ahí arriba del escenario y nosotros tengamos el privilegio de estar mirando.

Meche Martínez

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Moria la serie

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