martes, 10 de febrero de 2026

El divorcio del año

 

El divorcio del año se presenta en el Multiteatro de miércoles a domingos y, desde el vamos, propone un territorio incómodo y reconocible: el de las separaciones expuestas, los vínculos rotos que ya no se dirimen en la intimidad sino bajo la lupa de la opinión pública, las redes sociales y los medios. Escrita por Mariela Asensio y José María Muscari, y dirigida por el propio Muscari, la obra avanza con humor ácido, velocidad y una crudeza que no busca consuelo sino conciencia.

La trama se centra en el proceso de divorcio de una pareja y todo lo que se desencadena a partir de esa ruptura: conflictos legales, reproches familiares, heridas que supuran y una intimidad convertida en espectáculo. Lo privado deja de ser refugio para transformarse en contenido. El amor, o lo que queda de él, se judicializa, se mediatiza y se comenta.

El elenco es sólido y eficaz. Fabián Vena y Guillermina Valdés sostienen el núcleo del conflicto con precisión, construyendo personajes atravesados por el desgaste emocional, el ego y la imposibilidad de escucha. Juan Palomino aporta espesor y presencia, mientras Rocío Igarzábal suma sensibilidad y una energía que dialoga con la época que la obra retrata: todo ocurre rápido, todo se dice, nada se procesa del todo.

Pero hay un punto de inflexión que eleva la propuesta a otro plano. La dramaturgia —con un sello inconfundible de Mariela Asensio— vuelve a poner el foco en una de sus obsesiones más potentes: la salud mental. Desde La casa oscura hasta El cuerpo anímico, Asensio viene explorando el cuerpo, la mente, la falta y el desequilibrio sin red, sin anestesia. En El divorcio del año, esa preocupación aparece con claridad brutal: el desborde emocional, la fragilidad psíquica y la soledad que se esconde detrás de la exposición permanente.

En ese sentido, el monólogo de Ernestina Pais funciona como un verdadero acontecimiento escénico. Hay algo de confesión y algo de espejo. Aunque las palabras pertenezcan a los dramaturgos, en su boca se vuelven carne viva. Pais cruza la cuarta pared con una actuación tan lúcida y conmovedora que el teatro se suspende por un instante: ya no hay ficción, hay conciencia. Ese momento —directo, incómodo, necesario— vale por toda la obra. Entra sin permiso en la mente de los espectadores y deja una pregunta abierta que no se responde al salir de la sala.

El divorcio del año encuentra su verdadero valor en la concientización: pone sobre la mesa la importancia de la salud mental en tiempos donde el dolor se viraliza y el sufrimiento se consume como entretenimiento. Entre risas, incomodidades y momentos de alta intensidad emocional, la obra recuerda algo esencial: no todo puede ni debe ser mostrado sin consecuencias. (Meche Martínez)

 

Solo llamé para decirte que te amo

 

Se presenta los sábados a las 20:30 hs en el Camarín de las Musas (Mario Bravo 960, CABA), y no es un dato menor: ese espacio tiene algo de casa habitada, de intimidad compartida, de ceremonia mínima. Allí, donde el teatro parece respirar más cerca del espectador, sucede esta obra de Nelson Valente que lleva más de diez años en cartel y sigue agotando localidades como si el tiempo no pasara —o como si pasara demasiado y necesitáramos volver a mirarlo.

La trama es sencilla, casi doméstica, y por eso mismo profundamente perturbadora. Patricia vive con sus hijos mellizos, su madre, su hermana y la novia de uno de los chicos. Es ella quien sostiene la casa, quien organiza, quien contiene, quien posterga. Hoy, sin saberlo, recibirá un llamado telefónico que cambiará su vida para siempre. Y ese “para siempre” no es grandilocuente: es cotidiano, irreversible, silencioso.

Nelson Valente tiene ese don poco frecuente de retratar lo costumbrista sin subrayarlo, de poner en escena lo que todos reconocemos, pero pocas veces decimos. Su teatro se construye con palabras que parecen inofensivas y gestos mínimos que esconden verdades incómodas. A veces duelen, sí, pero atravesadas por el filtro teatral se vuelven más digeribles, más amorosas, casi necesarias. Como si el escenario nos ofreciera un lugar seguro para mirar aquello que evitamos en la vida real.

El elenco es uno de los grandes pilares de esta joya orgánica y verosímil. Mayra Homar despliega un talento arrollador: puede quebrarse y emocionarnos hasta las lágrimas o sonreír y conmover desde una ternura desarmante. Su Patricia respira cansancio, amor, resignación y deseo en partes iguales. Guido Botto Fiora aporta una frescura inmensa, de esas que abrazan al espectador sin pedir permiso. Flor Moreno construye una hermana que nadie quiere tener pero muy creíble y Silvia Villazur compone una abuela “hot” deliciosa, que divierte con solo aparecer, dueña de una presencia magnética que ilumina la escena.

Julia Dorto se destaca desde una sublime liviandad: su personaje respira hartazgo sin perder delicadeza, como quien ya entendió demasiado pronto cómo funcionan las cosas. Juan Ignacio Ugüet construye un rechazo inmediato, tan eficaz que despierta ganas de saltar de la butaca; su composición es precisa, incómoda, necesaria. Y Martín Gallo —en un verdadero tour de force— encarna uno de los momentos más intensos de la obra, uno de tantos, porque Solo llamé… se mueve en esa montaña rusa emocional donde la risa y la emoción se suceden en cuestión de segundos.

Ese es, también, el sello Valente: la risa que no anestesia, la emoción que no manipula, la dirección que confía en el texto, en los actores y en el espectador. Todo fluye con una naturalidad tan afinada que por momentos uno olvida que está en el teatro y siente que es domingo, que está sentado en la mesa de cualquier familia argentina, escuchando conversaciones ajenas que se parecen demasiado a las propias.

Solo llamé para decirte que te amo es una obra que no necesita estridencias para quedarse. Es una joyita imperdible, profundamente humana, que confirma que cuando el teatro se anima a mirar la vida de frente —con amor, con humor y con verdad— el tiempo no pasa: se acumula, se vuelve memoria y nos devuelve algo de nosotros mismos. (Meche Martinez)

 

lunes, 9 de febrero de 2026

Los inocentes

 

Selva Almada / Ilustraciones de Lilian Almada

No voy a recorrer la trayectoria de Selva Almada porque ya la conocemos todos. Su obra ocupa un lugar firme en la literatura argentina contemporánea. Hablemos, entonces, de Los inocentes.

Los inocentes es un libro publicado por una editorial de Entre Ríos y, desde ese gesto editorial y geográfico, Selva Almada retorna a un territorio conocido: la infancia atravesada por la naturaleza y narrada desde una perspectiva oblicua, donde el mundo adulto aparece corrido, fragmentado, incompleto. Los niños y niñas protagonistas miran, escuchan, intuyen; y en ese gesto se construye una mirada que no juzga, pero tampoco idealiza.

Ante todo, me conmueve que se trate de cuentos con infancia. Infancias reales, sensibles, expuestas. Y me conmueve, además, el encuentro entre hermanas para crear una obra en común. Selva y Lilian Almada se reúnen aquí en un libro que parece reforzar un lazo, como si escribir e ilustrar también fuera una forma de estar juntas. Tal vez por no tener hermanas, este gesto me despierta una ternura particular.

Los entornos rurales y naturales atraviesan varios de los relatos de este volumen, como sucede en gran parte de la obra narrativa de Almada. La relación de los personajes con el paisaje no funciona como decorado sino como una presencia viva, a veces protectora, a veces amenazante. Este retorno a la naturaleza se profundiza en Los inocentes, un libro que incorpora las ilustraciones de Lilian Almada, logrando una armonía notable entre imagen y palabra.

Lilian Almada, reconocida por explorar el universo infantil a través de esculturas de muñecas y acuarelas, consigue capturar en sus ilustraciones un clima fantasmal, incluso gótico, que dialoga con el tono del libro. Se trata, además, del primer libro que Selva Almada publica en su provincia natal, lo que suma otra capa de sentido a este regreso: al origen, a la infancia, a la tierra.

Los niños que habitan estos cuentos se enfrentan tempranamente al misterio de la muerte, a la fuerza de la imaginación y a la existencia de otros mundos posibles. En ese tránsito aparecen secretos, silencios y zonas oscuras que suelen permanecer ocultas en la infancia, pero que aquí emergen con una potencia inquietante.

Las infancias atravesadas por la ausencia —o la insuficiencia— del mundo adulto, en contacto permanente con una naturaleza acechante, son un tema recurrente en la narrativa de Selva Almada. En Los inocentes, estas coordenadas reaparecen con claridad en un conjunto de relatos donde los niños protagonizan historias que dialogan con la mejor tradición del cuento trágico rioplatense, evocando inevitablemente la figura de Horacio Quiroga.

En estas tramas, la escritora nacida en Villa Elisa en 1973 aborda la infancia con la intensidad que caracteriza toda su obra. No hay aquí paraísos perdidos ni idealizaciones nostálgicas: las infancias de Los inocentes son territorios de experiencia profunda, donde la belleza convive con el peligro y donde crecer implica, muchas veces, una forma temprana de pérdida.

Los inocentes es un libro que vuelve, pero no para quedarse. Vuelve a la infancia, a la naturaleza, a la provincia, a la familia, y en ese movimiento reafirma una poética propia. Un volumen donde la escritura de Selva Almada y las ilustraciones de Lilian Almada se entrelazan con una delicadeza feroz, construyendo una obra importante en la literatura argentina. (Meche Martínez)



 

domingo, 8 de febrero de 2026

Suavecita

 

Hay obras que no piden permiso. Suavecita irrumpe en la calle Corrientes como un acto de justicia poética: una pieza nacida en el circuito independiente que hoy ocupa el Teatro Metropolitan sin perder filo, rareza ni potencia. Que una obra así llegue a esta sala no es casualidad ni concesión: es necesidad. Necesidad de ser vista, escuchada, comentada. Necesidad de público.

Suavecita funda un mito. Uno nuevo, marginal, incómodo y profundamente contemporáneo. En un hospital —territorio del control, la ciencia, el diagnóstico— el rumor corre por detrás, como corren siempre las historias que no entran en el expediente. Allí aparece ella, Suavecita, y con ella un relato que mezcla erotismo, ciencia ficción y misterio, sin pedir disculpas por ese cruce. Al contrario: lo vuelve lenguaje.

El texto y la dirección son brillantes en su precisión y en su riesgo. Hay una dramaturgia que sabe dosificar la información, que confía en la inteligencia del espectador y que construye un clima donde lo fantástico no niega lo real, sino que lo amplifica. La fantasía no es evasión: es revelación. Lo que se cuenta es un don, sí, pero también una condena, una diferencia, una pregunta sobre el cuerpo, el deseo y el poder de lo que no puede ser nombrado fácilmente.

Y en el centro de todo, sosteniéndolo todo, está Camila Peralta. Su actuación es, sin exageración, sublime. Hay algo hipnótico en su presencia escénica: una entrega absoluta, una corporalidad que narra incluso cuando calla. Camila no interpreta a Suavecita; la encarna, la deja pasar por el cuerpo con una verdad que conmueve y perturba. Cada gesto, cada inflexión, cada silencio construye un personaje que se vuelve inolvidable.

Ver a Camila Peralta en este escenario es motivo de orgullo. No solo por su talento —evidente, contundente— sino por lo que representa: una actriz formada en la escena independiente que llega a Corrientes sin domesticar su potencia. Su trabajo es el corazón palpitante de la obra, el lugar donde el mito se vuelve carne.

Suavecita no explica: sugiere. No tranquiliza: inquieta. Y en tiempos donde muchas propuestas buscan agradar, esta obra elige incomodar con belleza. Que esté hoy en el Teatro Metropolitan es una celebración y una advertencia: el teatro independiente no es un género menor, es muchas veces el lugar donde lo nuevo nace. Una actuación inolvidable y un mito que acaba de empezar. (Meche Martínez)

Contenidos Digitales: Boria Audiovisuales

Dramaturgia: Martin Bontempo

Actúan: Camila Peralta

Diseño de maquillaje: Adam Efron

Diseño de luces: Fernando Chacoma

Música: German Severina

Fotografía: Irish Suarez

Diseño gráfico: Karina Hernandez

Asistencia de dirección: Camila Miranda

Prensa: Varas & Otero

Producción ejecutiva: Alejandra Menalled

Producción general: Nün Teatro Bar

Supervisión dramatúrgica: Ignacio Bartolone

Dirección de arte: Uriel Cistaro

Dirección: Martin Bontempo

TEATRO METROPOLITAN SURA
Av. Corrientes 1343 
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 52363000
Web: 
http://www.teatrometropolitan.ar/
Jueves - 22:15 hs - Del 05/02/2026 al 19/02/2026

 

 

DRUK

 

Hay obras que se beben de un solo trago y otras que dejan un gusto persistente, incómodo y necesario. DRUK pertenece a estas últimas. En el Teatro Metropolitan, sobre la siempre viva Avenida Corrientes, Javier Daulte dirige con pulso firme esta comedia dramática que se atreve a preguntar —sin moraleja y sin solemnidad— qué hacemos con la vida cuando el deseo se nos vuelve tibio.

Adaptación de la película danesa Another Round, ganadora del Oscar, DRUK no se limita a trasladar una historia exitosa al escenario argentino: la reescribe desde nuestra sensibilidad, desde nuestras contradicciones. Cuatro hombres, profesores, amigos, adultos funcionales en apariencia, deciden experimentar una teoría tan absurda como reveladora: mantener un nivel constante de alcohol en sangre para mejorar su rendimiento vital. El punto de partida es casi lúdico; el desarrollo, profundamente humano.

Daulte —gran arquitecto de vínculos rotos, silencios incómodos y verdades que asoman cuando ya no hay defensa— dirige con inteligencia y ritmo una pieza que oscila entre la risa franca y el vacío existencial. Nada está de más, nada se subraya. La comedia avanza ágil, pero lo que queda es la reflexión: ¿qué anestesiamos?, ¿qué no nos permitimos sentir estando sobrios?, ¿qué precio tiene sostener la adultez como mandato?

El gran acierto de DRUK es su elenco. Pablo Echarri, Juan Gil Navarro, Osqui Guzmán y Carlos Portaluppi componen un cuarteto impecable, preciso, profundamente entregado. No hay competencia de egos; hay escucha, juego, riesgo. Cada uno construye un personaje atravesado por la fragilidad, lejos de cualquier masculinidad rígida o heroica. Es, verdaderamente, brillante ver a cuatro hombres sobre el escenario tan deconstruidos, tan disponibles a mostrarse vulnerables, ridículos, rotos, deseantes. Ese gesto —político, sensible, necesario— es uno de los grandes valores de la obra.

Las actuaciones sostienen la tensión emocional sin caer en golpes bajos. Hay verdad en los cuerpos, en las miradas, en los silencios que pesan más que las palabras. DRUK habla de amistad, de amor, de identidad, de la crisis de sentido que no siempre tiene nombre pero sí síntomas. Y lo hace con humor, con melancolía, con una honestidad que interpela.

DRUK no invita a beber; invita a pensar. A preguntarnos de qué estamos hechos cuando se nos cae el personaje. A reconocer que, a veces, lo que buscamos no es escapar, sino sentir algo más. Algo vivo.

Funciones de miércoles a domingo. Una obra para dejarse atravesar. Una obra que, como el buen teatro, no se olvida fácilmente. (Meche Martinez)

 


viernes, 30 de enero de 2026

Salvaje Federal

 

                                                                           Selva Almada

Hay lugares donde todavía es posible que algo ocurra. Salvaje Federal es uno de ellos. No solo una librería —aunque lo sea— ni únicamente un proyecto cultural —aunque también—, sino un punto de encuentro donde la literatura vuelve a respirar sin apuro, lejos del ruido, del algoritmo y del centralismo que suele dictar qué se lee y qué no.

Creado por la escritora Selva Almada junto a tres amigas (Naty Peroni y Raquel Tejerina), Salvaje Federal nació como librería virtual con una misión clara: visibilizar y hacer circular literatura argentina producida y editada en las provincias. Libros que muchas veces no llegan a las grandes vidrieras, pero que contienen mundos enteros. Hoy, además, ese gesto se materializa en un espacio físico en Humahuaca y Medrano, donde los libros no solo se compran: se habitan.

El lunes pasado, por ejemplo, el lugar se transformó. Con música en vivo y un dispositivo audiovisual sencillo, se desarrolló una jornada de lectura que logró algo cada vez más raro: que la gente dejara el celular. En la voz de Selva Almada, las palabras se fueron espesando, atrapando intereses, generando un silencio atento, casi corporal. Un público ávido —lector, curioso, sensible— se dejó llevar por ese acto tan antiguo y tan político como escuchar a alguien leer en voz alta.

En Salvaje Federal también importan los detalles y las personas. En la secretaría está Naty Peroni, una presencia amorosa que sonríe apenas uno cruza el umbral, como si entrar fuera ya formar parte de algo. Por ahí anda Meme —Mercedes—, ofreciendo libros a precios democráticos, con esa convicción silenciosa de que la literatura no debería ser un lujo. Y July Nin, asistente y cómplice de las movidas culturales, que además te salva la noche con un “tintillo de verano”, fresco, tomable, inesperadamente bueno —casi un acto militante en un circuito donde las bebidas en eventos suelen ser apenas un trámite—.

Entre estanterías y conversaciones, no es raro cruzarse con escritoras como Dolores Reyes, autora de Cometierra, discípula y amiga personal de Almada. En Salvaje Federal los autores no son figuras lejanas: deambulan, escuchan, conversan, comparten.

Más que una librería, Salvaje Federal es un espacio donde se trama comunidad, donde se discute —sin solemnidad— cómo circula la literatura en Argentina y qué voces quedan al margen. Su nombre, elegido con ironía y humor político, dialoga con la historia para resignificarla: lo salvaje, lo federal, lo diverso como potencia creativa y no como periferia.

En tiempos de consumo veloz y atención fragmentada, Salvaje Federal insiste en algo simple y radical: encontrarnos. Leer. Escuchar. Abrir, aunque sea por un rato, el mundo cultural.

Meche Martínez




 

miércoles, 28 de enero de 2026

Modelo Vivo Muerto

 

No es solo una obra: es un acontecimiento escénico. De esos que recuerdan porque el teatro —cuando es verdadero— sigue siendo una experiencia irreemplazable, un acto de comunión viva entre artistas y espectadores.

En el marco de un examen final de una prestigiosa academia de arte, un modelo vivo aparece misteriosamente muerto. Lo que podría derivar en un policial convencional se transforma, en manos de Los Bla Bla & Compañía, en un dispositivo teatral desbordante de imaginación, humor y sensibilidad. La investigación avanza con métodos poco ortodoxos y, como corresponde al mejor teatro, no busca tanto resolver un crimen como revelar el pulso humano que late detrás de cada gesto, cada silencio, cada disparate.

Por momentos, asoma una inspiración que dialoga con el ADN de Los Macocos y la precisión musical e intelectual de Les Luthiers. Pero sería injusto quedarse allí: Los Bla Bla han construido una identidad propia, una brillantez escénica singular que se sostiene en lo colectivo. Son divertidos sin ser livianos, musicales sin ser decorativos, coloridos sin caer en el exceso, luminosos sin perder profundidad. Y, sobre todo, son ARTISTAS —así, en mayúsculas— capaces de llenar el Teatro Metropolitan un miércoles de enero y hacerlo vibrar.

La obra respira una sensibilidad poco frecuente. Hay intensidad, hay amor, hay una solidez que solo puede surgir de una creación colectiva genuina, tejida con tiempo, escucha y afecto. Se nota —se siente— que detrás de esta propuesta hay grandes seres humanos que no buscan el lucimiento individual, sino transmitir algo mucho más poderoso: el amor por el teatro como acto compartido.

El elenco es sencillamente deslumbrante. Manu Fanego, Sebastián Furman, Pablo Fusco, Julián Lucero, Tincho Lups y Carola Oyarbide están impresionantes, brillantes, geniales. Cada uno, en su rol, “la descose”. No hay fisuras: el trabajo coral es de una precisión gozosa, donde cada intérprete sostiene al otro y el conjunto se eleva.

El universo visual acompaña y potencia el relato con una coherencia exquisita. El diseño de vestuario de Sandra Szwarcberg aporta identidad y carácter; la escenografía de Sol Soto construye un espacio tan lúdico como funcional; y el diseño de luces de Gustavo Lista ilumina con inteligencia, marcando climas y ritmos con sensibilidad narrativa. La música —encantadora, viva, esencial— a cargo de Sebastián Furman, no subraya: dialoga, respira con la escena y se integra orgánicamente al relato.

Todo este engranaje encuentra su pulso exacto en la dirección de Francisca Ure, que logra un ensamble preciso y amoroso, donde nada sobra y nada falta. La obra avanza con ritmo, sorpresa y una atención constante al espectador, que nunca es subestimado.

Qué hermosura cuando, después de ver tanto teatro, algo logra sorprenderte. Cuando te subyuga, te mantiene atenta, te corre del eje y te cambia el día —o, mejor dicho, la noche—. Los Bla Bla te cortan la semana y te recuerdan que el teatro puede ser una fiesta, un refugio y una sacudida al mismo tiempo.

Modelo Vivo Muerto es una celebración del arte escénico, del trabajo colectivo y del placer de crear. Excelente. Necesaria. Inolvidable. Noble. (Meche Martinez)

Miercoles 22 hs, Teatro Metropolitan. CABA




Dramaturgia:
Creación Colectiva
Intérpretes:
Manu FanegoSebastián FurmanPablo FuscoJulian LuceroTincho LupsCarola Oyarbide
Diseño de vestuario:
Sandra Szwarcberg
Diseño de escenografía:
Sol Soto
Diseño de luces:
Gustavo Lista
Redes Sociales:
Diego Bocha Fernandez
Música:
Sebastián Furman
Diseño gráfico:
Manu FanegoPatricio Vegezzi
Asistencia:
Maribel Villarosa
Producción:
Maribel Villarosa
Colaboración en dramaturgia:
Gustavo Lista
Colaboración coreográfica:
Jorge Thefs
Dirección:
Francisca Ure


El divorcio del año

  El divorcio del año se presenta en el Multiteatro de miércoles a domingos y, desde el vamos, propone un territorio incómodo y reconocible:...