“No es solo un fuerte debate, es una obra profunda sobre dos hombres que viven y discuten los grandes temas de todos los tiempos, con inteligencia y humor”
Hay obras que trascienden el hecho teatral para convertirse en una
experiencia intelectual y emocional. La última sesión de Freud lo logra con una
potencia escénica arrolladora. El texto de Mark St. Germain es sublime: una
pieza cargada de profundidad filosófica, inteligencia y humanidad, que
encuentra en la versión de Daniel Veronese una mirada brillante, precisa y
profundamente sensible.
La obra imagina un encuentro ficticio entre Sigmund Freud y C.S. Lewis
en Londres, en 1939, el mismo día en que Inglaterra entra en la Segunda Guerra
Mundial. Allí, ambos hombres debaten sobre Dios, el amor, el sexo, el dolor y
el sentido de la existencia. Pero más allá de la extraordinaria dramaturgia, lo
que convierte esta puesta en una experiencia inolvidable es la actuación
monumental de Luis Machín.
Machín ofrece una composición absolutamente magistral. Su Freud no es
solamente un personaje: es un hombre quebrado, lúcido, irónico, devastado y
profundamente humano. Cada palabra parece atravesarle el cuerpo. Cada silencio
tiene un peso emocional inmenso. Hay actores que interpretan y hay actores que
trascienden el escenario; Luis Machín pertenece a esa categoría inmensa y
excepcional del teatro argentino que convierte una actuación en un
acontecimiento artístico.
Su trabajo es de una sensibilidad y una verdad conmovedoras. Construye
un Freud intenso, filoso, vulnerable y feroz al mismo tiempo. La manera en que
sostiene la escena, la precisión de cada gesto, el manejo de la voz, las
pausas, las miradas, todo en él tiene una dimensión profundamente teatral y
cinematográfica a la vez. Machín demuestra, una vez más, por qué fue, es y será
uno de los actores más brillantes de nuestra escena. Su presencia escénica es
hipnótica. Hay momentos donde alcanza una densidad interpretativa
verdaderamente impactante.
A su lado, Javier Lorenzo acompaña con enorme inteligencia y
sensibilidad, construyendo un C.S. Lewis sólido y preciso, logrando un
contrapunto necesario frente a la inmensidad interpretativa de Machín. Entre
ambos generan duelos verbales apasionantes, atravesados por la emoción, la
ironía y el pensamiento.
La dirección de Veronese encuentra el equilibrio perfecto para un texto
de semejante magnitud. Comprende que el verdadero conflicto sucede en las
ideas, en las heridas íntimas y en aquello que los personajes intentan defender
frente al otro y frente a sí mismo. Y logra transformar esa conversación
filosófica en un hecho teatral vibrante.
La última sesión de Freud es una obra enorme. Un teatro que interpela,
conmueve y obliga a pensar. Pero, sobre todo, es una oportunidad invaluable
para presenciar el trabajo extraordinario de Luis Machín, un actor inmenso que
vuelve a demostrar que cuando el talento, la inteligencia y la verdad escénica
se unen, el teatro se convierte en algo inolvidable.
Meche Martínez
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