lunes, 13 de abril de 2026

Nicandro y Alda

 

La obra se erige como un dispositivo sensible donde la memoria no solo es tema sino estructura viva. La dramaturgia de Amancay Espindola vuelve a confirmar su poética: narrar desde el recuerdo como acto de resistencia.

Aquí, su voz se vuelve cuerpo, presencia, cuentista en vivo que hilvana y emociona con precisión íntima.
El recurso epistolar no es mero artificio, sino una forma de persistencia del amor frente al olvido.
Nicandro y Alda no son solo personajes, son huellas que atraviesan décadas y resuenan en el presente.
La historia del país se filtra con sutileza, sin subrayados, pero con una potencia que conmueve. 

Las actuaciones de Coni Marino, María Ursi Ducco y Carlo Argento destacan por su organicidad. Cada uno compone personajes vivos, habitados, que no representan: evocan. Hay en sus interpretaciones una entrega que sostiene el pulso emocional de la obra.
El vestuario y la escenografía de Alejandro Mateo configuran un universo estético coherente y expresivo. No se trata solo de ambientar, sino de construir sentido.
La iluminación de Leandra Rodríguez resulta clave para completar esa gramática escénica. Luz y sombra dialogan con la narrativa, subrayando estados y transiciones. El lenguaje visual se vuelve así una extensión del texto.
La dirección de Virginia Lombardo acompaña con sensibilidad y lucidez.
Su mirada ilumina las zonas de duda, de quiebre, de incertidumbre.
Logra que la obra respire en sus silencios tanto como en sus palabras.
Una propuesta tan delicada como potente, donde el amor persiste cambiando de tiempo y de tinta.

Meche Martinez

 

Autoría: Amancay Espíndola

Actúan: Carlo ArgentoAmancay EspíndolaConi MarinoMaria Nydia Ursi-Ducó

Vestuario: Alejandro Mateo

Diseño de escenografía: Alejandro Mateo

Diseño de luces: Leandra Rodríguez

Diseño sonoro: Mariano Cossa

Asistencia de dirección: Brizna De Luz Martinez

Prensa: Natalia Bocca

Productor asociado: Pablo Paissanidis

Dirección: Virginia Lombardo

 

miércoles, 8 de abril de 2026

El estado de la unión

 


En el corazón del Teatro Picadero —ese espacio íntimo que respira historia— la obra encuentra su tono justo. Nada sobra. Nada necesita imponerse. Porque cuando el teatro baja la voz, el espectador se acerca. Y ahí, en esa cercanía, sucede lo verdadero.

Matías y Ana Laura no son solo personajes: son el eco de tantos vínculos que han atravesado el tiempo, la rutina, las pequeñas traiciones cotidianas del desgaste. Se encuentran, semana a semana antes de la terapia. Pero lo que ocurre allí —en ese bar, en ese umbral— es otra forma de procesar sus historias: más cruda, más honesta, más humana.

Eleonora Wexler y Gonzalo Heredia construyen un entramado emocional de una exactitud conmovedora. No hay golpes bajos, ni excesos. Hay verdad. Y en esa verdad, la identificación es inevitable. La simpatía oscila, como en la vida, porque amar también es eso: no tener nunca una única razón.


La dramaturgia, afilada y sensible, entiende algo esencial: que el amor no desaparece de un día para el otro. Se transforma, se desgasta, se esconde, pero en “El estado de la unión” todavía late. Entonces la pregunta no es si queda amor, sino qué hacemos con él.

La obra no ofrece respuestas cerradas, ahí radica su potencia. Al salir, uno no se lleva certezas… se abre a preguntas, preguntas de esas que incomodan, de las que importan.

¿Qué queda del amor cuando la costumbre avanza?
¿Se puede volver a elegir a quien ya conocemos demasiado?
¿Se puede volver a sentir?

El estado de la unión no busca deslumbrar, es un “toco y salgo”, así también lo plantea la dirección de Andrea Garrote, y ella lo logra con una delicadeza poco frecuente.

La obra es una invitación a mirar el amor sin idealizarlo. Quizás animarse a reconstruirlo sin romperlo todo, es el gran desafío. ¡Muy Buena!  

Meche Martínez

 

Autoría: Nick Hornby

Versión: Andrea GarroteGonzalo Heredia

Actúan: Gonzalo HerediaEleonora Wexler

Diseño de vestuario: Betiana Temkin

Diseño de escenografía: Rodrigo González Garillo

Diseño De Iluminación: Agnese Lozupone

Fotografía: Alejandra Lopez

Comunicación Digital: Bushi Contenidos

Diseño gráfico: Martín Gorricho

Asistencia de vestuario: Daniela Dearti

Asistencia de dirección: Luna Perez Lening

Prensa: SMW

Producción ejecutiva: Luciano GrecoBárbara Rapoport

Producción general: Sebastián Blutrach

Dirección: Andrea Garrote

TEATRO PICADERO
Pasaje Santos Discepolo 1857 
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: (+54 11) 5199 5793
Web: 
http://www.teatropicadero.com.ar/
Domingo, Viernes y Sábado - 20:00 hs - Del 03/04/2026 al 26/04/2026

 

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De batallas y de amores

 

Hay espectáculos que no se limitan a suceder en escena: acontecen. Y lo que propone esta experiencia —gestada desde la sensibilidad de Hernán Lucero— pertenece a esa categoría donde el arte deja de ser ornamento para convertirse en acto, en declaración, en latido colectivo.

Desde su concepción, el proyecto revela una pulsión profunda: la de decir algo necesario. La idea, nacida hace dos años en la voz y el deseo de Lucero, encuentra en Facundo Ramírez un aliado clave, heredero no solo de un linaje musical sino de una manera de entender la música como territorio emocional y político. Las composiciones de Ariel Ramírez y de otros autores y autoras se entrelazan aquí con una organicidad notable, dando forma a un entramado donde la canción no ilustra: respira.

Pero es en la presencia de Luisa Kuliok donde el espectáculo encuentra su centro gravitacional. Lo suyo no es simplemente interpretación: es invocación. Kuliok despliega una suerte de recital íntimo, donde cada palabra parece emerger desde una memoria ancestral. Su voz —profunda, modulada, cargada de matices— no solo narra épocas: las vuelve carne, las vuelve presente. Hay en su decir una verdad escénica que conmueve sin artificios, que interpela sin estridencias.

Cada una de sus intervenciones se percibe como un manifiesto. No en un sentido declamatorio, sino en esa capacidad de instalar preguntas, de despertar conciencia, de rozar lo colectivo desde lo íntimo. En tiempos donde la noción de patria suele diluirse entre discursos vacíos o tensiones fragmentarias, su trabajo escénico recupera una dimensión sensible y amorosa, casi necesaria. Logra que el espectador no solo escuche: sienta. Y en ese sentir, algo se ordena, algo se recuerda.

El sostén musical de Facundo Ramírez es, como siempre, impecable. Su piano contiene, acompaña, pero también irrumpe con identidad propia. Hay una inteligencia interpretativa que sabe cuándo abrazar y cuándo tomar protagonismo, construyendo un diálogo vivo con la escena. A su vez, la voz de Hernán Lucero aporta una calidez y una raíz que terminan de completar este triángulo expresivo, donde cada artista se ofrece con autenticidad. Y la guitarra del joven Sergio Zabala, es sublime en toda la partitura de esta obra casi diria musical. 

No se trata aquí de un recorrido histórico en clave didáctica. El espectáculo rehúye cualquier tentación ilustrativa para construir, en cambio, un universo poético donde música, palabra y emoción se funden. Hay una dramaturgia invisible que sostiene el entramado, una sensibilidad que ordena los materiales sin necesidad de subrayados.

Hay algo irreductible en ese espectáculo, algo que no se explica ni se traduce: se percibe. ¡Para ver!

Meche Martínez

Prensa: Carolina Alfonso

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sábado, 4 de abril de 2026

Annie, el musical

 

En la siempre vibrante calle Corrientes, ese pulso teatral que define épocas, vuelve a encenderse una luz conocida: la de Annie. Y lo hace en el histórico Teatro Broadway, donde hoy, en 2026, la emoción no es sólo nostalgia: es una reafirmación de que el teatro musical, cuando está bien hecho, sigue siendo un acto profundamente humano.

Esta nueva versión —con producción de Preludio y RGB y dirección de Mariano Demaría— recupera el espíritu original sin caer en la mera réplica. Hay aquí una decisión clara: honrar la tradición, pero con el pulso contemporáneo que exige el público actual.

El escenario se llena de vida con un elenco que combina experiencia y frescura. Miguel Ángel Rodríguez aporta humanidad y presencia a ese millonario que, más que rescatar a una niña, termina siendo rescatado por ella. Julieta Nair Calvo despliega carisma, musicalidad y una precisión escénica que la vuelve magnética. Y Lizy Tagliani —en un rol que exige timing, comicidad y una cuota de oscuridad— sorprende con una construcción potente y muy personal.

En el centro de todo, claro, está Annie —esa huérfana que encarna la esperanza en estado puro—, interpretada por una joven revelación (Emma García Torrecilla, como la nombrás, en esa delicada frontera entre lo infantil y lo profesional). Su presencia no sólo sostiene la obra: la ilumina.

La historia sigue siendo la misma, y eso es parte de su fuerza: una niña abandonada en un orfanato hostil que, por un giro del destino, llega a la casa de un poderoso empresario. Pero lo que podría ser un cuento ingenuo se vuelve, en escena, un relato sobre la dignidad, la ternura y la posibilidad de cambiar el rumbo de una vida —o de varias—.

La puesta es, sin duda, uno de los grandes aciertos. La escenografía construye climas con fluidez cinematográfica, y el diseño de luces acompaña cada transición emocional con sensibilidad. Hay momentos de gran despliegue coreográfico, pero también pequeños instantes íntimos donde la obra respira y se vuelve profundamente conmovedora.

Y sin embargo, inevitablemente, aparece la memoria. Aquella Annie 1982 Buenos Aires —la primera gran adaptación local de este clásico— sigue siendo un faro. No desde la comparación injusta, sino desde el recuerdo de un momento fundacional: cuando el musical, como género, encontró en Argentina una forma de decir “aquí también”.

Lo interesante es que esta versión 2026 no queda a la sombra de ese pasado. Por el contrario: dialoga con él. Hay algo en el aire —quizás en el contexto social, quizás en la necesidad de creer en un “mañana” mejor— que vuelve a hacer de Annie una obra necesaria.

Porque sí: en tiempos donde la realidad muchas veces golpea, escuchar “Tomorrow” no es un gesto naïf. Es casi un acto político.

Ir a ver Annie hoy en Corrientes no es sólo asistir a un espectáculo bien hecho. Es volver a conectarse con esa emoción primaria del teatro: la de salir un poco mejores de lo que entramos.

Y eso, en estos tiempos, no es poco.

Meche Martínez

 

Staff y Elenco Principal - Annie Argentina 2026

  • Annie: Emma García Torrecilla, Paloma Leila Coso Ferro y Loana Muriel Martínez (alternando).
  • Miss Hannigan: Lizy Tagliani.
  • Oliver Warbucks: Miguel Ángel Rodríguez.
  • Grace Farrell: Julieta Nair Calvo.
  • El Gallo Hannigan: Gustavo Monje.
  • Lila: Ivanna Rossi.
  • Producción: Gustavo Yankelevich y Nicolás Vázquez (RGB).
  • Dirección: Mariano Demaría.
  • Teatro: Teatro Broadway (Av. Corrientes 1155, CABA).

 

jueves, 2 de abril de 2026

Desde el jardin

En la cartelera siempre hay estrenos. Pero no todos tienen el peso de un gesto.

Desde el jardín no es solo una obra: es, en este presente argentino tan atravesado por lo incierto, una afirmación silenciosa —y a la vez contundente— de que el teatro sigue vivo, incluso cuando todo parece empujar en sentido contrario.

Producida por Adrián Suar, Pablo Kompel y el propio Guillermo Francella, quien además se pone en la piel de Chance Gardiner, la obra retoma el universo de Jerzy Kosinski y dialoga inevitablemente con aquella película inolvidable de Peter Sellers. Pero aquí hay algo más: hay territorio, hay presente, hay una sensibilidad local que la vuelve propia.

Desde el primer cuadro, la escena respira verdad. Y ese primer pulso emocional lo marca con precisión Mayra Homar, con una ama de llaves que no solo informa una muerte: inaugura un vacío. Su presencia rompe el hielo con una humanidad tan concreta que instala, desde el inicio, el tono de la obra.

Francella, en su Chance, elige la línea más difícil: la contención. No exagera, no subraya. Se apoya en la esencia del personaje —esa inocencia despojada, casi inquietante— y la sostiene con una economía expresiva que revela oficio. Hay algo allí que trasciende la actuación: se percibe el anhelo cumplido de un actor que finalmente habita un personaje que lo interpela profundamente.

Y en ese entramado aparece Edgardo Moreira, con esa presencia escénica que no pide permiso. Su frase —“usted solo es jardinero”— no es solo texto: es un golpe emocional. En su decir, algo se quiebra. Y en ese quiebre, el espectador también cae.

El andamiaje actoral se completa con la solidez de Martín Seefeld, Daniel Miglioranza y Diego Jaraz, que hacen circular la historia con precisión narrativa, sosteniendo ritmo y tensión. Y en ese tejido, brillan con fuerza Carla Pandolfi y Andrea Frigerio, dos presencias que se plantan, que construyen desde el detalle, y que invitan a no apartar la mirada.

La dirección de Marcos Carnevale se reconoce en cada escena: hay claridad narrativa, hay intención, hay una voluntad de hacer que la historia llegue. Y llega. En esa hora cuarenta, sucede de todo: no solo en términos dramáticos, sino también en lo visual. El despliegue escenográfico y escénico no es decorativo, es parte del relato. Y ahí aparece otro aplauso —uno más íntimo, más agradecido—: el del espectador que reconoce el esfuerzo, la inversión, la apuesta.

Porque montar una obra de estas características hoy, en la calle Corrientes, no es un dato menor. Es casi un acto de resistencia. En un país donde lo económico muchas veces condiciona lo artístico, esta producción se planta y dice: el teatro sigue siendo posible.

Y entonces, la historia de ese hombre ingenuo en un mundo complejo deja de ser solo una metáfora universal. Se vuelve cercana. Dolorosamente cercana. Porque en esa literalidad de Chance, en ese decir sin doble intención, se revela —como un espejo incómodo— la necesidad de una sociedad de encontrar sentido donde quizás no lo hay. Muy buena. Para ver.

Meche Martinez

 

DESDE EL JARDÍN
Basada en la novela
Being There de JERZY KOSINSKI

Elenco:  GUILLERMO FRANCELLA  ANDREA FRIGERIO MART
ÍN SEEFELD
(por orden alfab
ético)
HORACIO ERMAN - MAYRA HOMAR - DIEGO JARAZ - DANIEL MIGLIORANZA - EDGARDO MOREIRA - CARLA PANDOLFI
Versi
ón Teatral y Dirección MARCOS CARNEVALE
Dise
ño de Escenografía JULIETA KOMPEL y GONZALO CORDOBA ESTEVEZ
M
úsica DAMIÁN KOMPEL
Dise
ño de Vestuario BETIANA TEMKIN
Dise
ño de Iluminación DAVID SELDES
Dise
ño de Sonido PABLO ABAL
Puesta y contenido Audiovisual NOS - EMILIANO RIASOL y MATÍAS LOBASSO
Productor Técnico y de Montaje CHRISTIAN AGUILERA
Production Stage Manager MARIANA ZOURARAKIS
Stage Manager FEDERICO ACQUISTAPACE
Set Electric LEONARDO MUÑOZ
Programación Multimedia DARWIN FLORES GOULART
Asistente de Escenografía LARA RISATTI
Asistente de Vestuario AGUSTÍN CIGARA
Asistente de Iluminación MATÍAS PAGLIOCCA
Vestidoras VERONICA AYAME y SANDRA AQUILANTE
Realización escenográfica FRANCISCO PACIULLO y equipo / Utilería JUAN ARISTEGUI y equipo / Producción de Filmación FEDERICO PEÑA y equipo

Gerente Administrativo ALEJANDRO BARILA
Gerente Comercial SERGIO BAREIRO
Gerente Financiero GUSTAVO PAGLIARI
Recursos Humanos DANIELA BODEI
Comunicación y Medios PATRICIA BAREIRO
Comunicación Visual NICO REJLIS
Comunicación Digital BUSHI CONTENIDOS
Fotografía de Estudio ALEJANDRA LOPEZ
Prensa SMW


Productora Ejecutiva CARLA CARRIERI
Productor Ejecutivo DAMI
ÁN ZAGA
Director de Producci
ón ARIEL STOLIER
Productores Generales
GUILLERMO FRANCELLA, ADRIAN SUAR y PABLO KOMPEL

miércoles, 1 de abril de 2026

Doce constelaciones y una que no fue

 

Escucha la entrevista en Mas bien Comunicación

Hay libros que se leen, y hay libros que se atraviesan. “Doce constelaciones y una que no fue” de Adriana Carla Gorlero pertenece, sin duda, a esta segunda categoría: una obra que no se limita a narrar, sino que propone una experiencia emocional, casi corporal, de lectura.

Desde el prólogo de Brigitte Champetier de Ribes, se establece el tono ético y estético que sostendrá todo el libro: una mirada sin juicio, profundamente humana, que habilita la comprensión de lo vivido sin necesidad de subrayados dramáticos. Esa clave de lectura resulta fundamental, porque lo que sigue no son meras historias, sino escenas vivas donde lo invisible —los vínculos, los traumas, las lealtades familiares— toma forma.

La estructura del libro, organizada en trece experiencias, funciona como una cartografía sensible del alma humana. Cada constelación aparece narrada con una prosa que combina tres registros con notable equilibrio: la precisión descriptiva, la profundidad conceptual y una belleza casi poética. Gorlero logra algo poco frecuente en este tipo de literatura: traducir un dispositivo complejo como las constelaciones familiares en un lenguaje accesible sin banalizarlo.

Su escritura es clara, pero no simplista; emotiva, pero nunca sentimental. Hay en cada relato una economía expresiva que potencia el impacto: lo que no se dice pesa tanto como lo que se nombra. En ese sentido, la autora trabaja con el pudor como recurso literario, en línea con lo que señala Champetier de Ribes: una ética del relato donde la intimidad es respetada y, al mismo tiempo, compartida.

Uno de los grandes aciertos del libro radica en su capacidad pedagógica. Sin caer en el formato de manual, Gorlero introduce conceptos teóricos de las Nuevas Constelaciones de manera orgánica, integrados a la narrativa. Esto permite que tanto lectores iniciados como aquellos que se acercan por primera vez puedan comprender los procesos, las dinámicas y las resoluciones que emergen en cada experiencia. La autora no explica desde la distancia, sino desde la práctica viva, lo que vuelve cada página profundamente verosímil.

Su biografía —marcada por el acompañamiento a personas en momentos de dolor, trauma y bloqueo vital— no es un dato accesorio, sino una clave interpretativa de su escritura. Hay una coherencia evidente entre su hacer profesional y su modo de narrar: en ambos casos, se trata de acompañar. El libro, entonces, también acompaña al lector. Lo guía, lo contiene, lo interpela.

Pero quizá lo más valioso de esta obra sea su dimensión sensible. “Doce constelaciones y una que no fue” no busca impresionar, sino resonar. Y lo logra. Cada historia deja una huella emocional que invita a la introspección: ¿qué de todo eso me habita?, ¿qué historias familiares siguen actuando en mí?, ¿qué no ha sido visto aún?

En tiempos donde el desarrollo personal muchas veces cae en fórmulas rápidas o discursos vacíos, este libro se posiciona como un gesto de profundidad. Aquí no hay promesas simplificadoras, sino una apuesta honesta por mirar lo que duele, con la confianza de que en esa mirada también se abre una posibilidad de transformación.

Estamos, sin exagerar, ante un libro de gran sensibilidad y emoción. Una obra que, como las constelaciones que describe, ilumina zonas ocultas y permite —aunque sea por un instante— reordenar el propio mapa interno.

Meche Martínez



lunes, 30 de marzo de 2026

Relatividad

 

En el corazón de Teatro El Picadero —espacio emblemático donde la memoria teatral argentina respira con una intensidad particular— Relatividad encuentra el marco perfecto para desplegar su pulso íntimo y su densidad ética. No es casual que esta obra, que indaga en las fisuras del genio, se aloje en un escenario que también ha sido testigo de resistencias, reconstrucciones y preguntas urgentes.

La pieza de Mark St. Germain —autor de la lúcida La última sesión de Freud— vuelve a poner en juego su mayor virtud: construir teatro desde la palabra como campo de batalla. Aquí, el duelo no es solo dialéctico, sino profundamente moral. En ese encuentro ficticio situado en 1949, la figura de Albert Einstein es despojada de su aura de certeza para quedar expuesta en su dimensión más vulnerable: la del hombre atravesado por decisiones irreversibles.

La dirección de Carlos Rivas apuesta a la tensión contenida, a los silencios que dicen tanto como los textos, y a un ritmo que nunca cede a la complacencia. Hay una precisión quirúrgica en el modo en que la escena avanza, como si cada palabra fuera una partícula cargada de sentido, en constante colisión.

En ese universo, Luis Machín compone un Einstein alejado del estereotipo: no hay aquí caricatura ni solemnidad impostada, sino una construcción humana, quebradiza, por momentos incómoda. Su actuación es de una inteligencia notable, logrando que el espectador oscile entre la admiración y el cuestionamiento. Frente a él, Gabriela Toscano despliega una presencia magnética, sosteniendo el enigma de su personaje con una tensión que nunca se disipa del todo. Su intervención no solo interpela al científico, sino también al público, que queda inevitablemente implicado en ese juicio íntimo. La participación de Catherine Biquard completa un triángulo escénico que enriquece las capas del relato.

Relatividad no busca explicar teorías ni deslumbrar con conceptos científicos: su apuesta es otra, más riesgosa y, a la vez, más profundamente teatral. Se trata de interrogar la memoria, de poner en crisis la ética, de mirar de frente las consecuencias humanas detrás de los grandes hitos de la historia. En ese sentido, la obra logra lo esencial: correrse del mito para revelar al hombre.

En tiempos donde las certezas se desmoronan, esta propuesta resuena con una vigencia inquietante. Porque si algo deja flotando en el aire es una pregunta que no encuentra resolución: ¿puede el conocimiento desligarse de sus efectos?

Y en ese eco, en esa incomodidad persistente, Relatividad encuentra su verdadera potencia.

Meche Martinez

Nicandro y Alda

  La obra se erige como un dispositivo sensible donde la memoria no solo es tema sino estructura viva. La dramaturgia de Amancay Espindola v...