El hambre de los otros, el hambre de todos
Hay libros que no terminan cuando cerramos sus páginas, porque algo de lo que cuentan sigue sucediendo afuera, en las calles, en los cuerpos y en las vidas de quienes muchas veces preferimos no mirar. Tratado sobre el hambre, de Zulema Lázaro, es uno de esos libros que nos interpelan, nos conmueven y nos recuerdan que la literatura también puede ser una forma de conciencia.
Lázaro hace algo extraordinario: le da voz a quienes la sociedad suele
condenar al silencio. Su protagonista, Alirio, es un hombre en
situación de calle que ha perdido casi todo, pero conserva su inteligencia, su
lenguaje y una singular capacidad para observar y nombrar el mundo. Su voz,
desbordada, irreverente, llena de humor, ironía y poesía, es una forma de
resistencia.
A su lado está Moira, su hija adolescente, que llega a
vivir con él. Alirio debe enseñarle a sobrevivir en un mundo donde él mismo
apenas consigue hacerlo. ¿Qué puede ofrecer un padre que carece de casa, de
seguridad y de certezas? Puede transmitirle sus saberes, sus estrategias, su
experiencia. Y en ese gesto, humilde y desgarrador, aparece una forma de amor
que conmueve: cuidar aun cuando casi todo falta.
Zulema Lázaro no se limita a contar la pobreza: construye una lengua capaz
de habitarla. No convierte a Alirio en una víctima sin matices, sino en un
hombre entero, contradictorio, inteligente y digno. Le devuelve algo que la
mirada social tantas veces le niega: su condición humana, su derecho a pensar y
a decir.
Porque el hambre no es solamente la que duele en el estómago. También existe
el hambre de afecto, de reconocimiento, de pertenencia; el hambre de ser visto,
de que alguien se detenga y reconozca nuestra existencia.
Volver a esta novela en la Argentina actual adquiere una urgencia
particular. Cuando las políticas económicas y sociales deterioran las condiciones
de vida, cuando llegar a fin de mes se vuelve una hazaña y las necesidades más
elementales se transforman en incertidumbre, el hambre deja de ser una palabra
abstracta. Tiene cuerpos, rostros, familias e historias.
La literatura no reemplaza a la política, pero puede iluminar sus
consecuencias humanas. Detrás de cada cifra hay una vida; detrás de cada
situación de pobreza, alguien que intenta sostener sus vínculos, cuidar a los
suyos y preservar su dignidad. La pobreza nunca debería parecernos
natural, ni el sufrimiento ajeno convertirse en paisaje.
Alirio y Moira nos enfrentan a una pregunta dolorosa: ¿cómo se transmite el
amor cuando no se puede garantizar la seguridad? ¿Cómo se ofrece un futuro
cuando el presente está ocupado por la urgencia de sobrevivir?
Ahora que Zulema Lázaro presenta su nueva novela, Bianca Jagger, el
próximo 12 de noviembre en Je Suis Lacan, en San Telmo, es una hermosa
oportunidad para volver sobre este gran trabajo literario. No como quien
recupera un libro del pasado, sino como quien encuentra en sus páginas nuevas
preguntas para comprender el presente.
Hay algo profundamente amoroso en la escritura de Lázaro, aunque no sea
complaciente. Su amor consiste en mirar de frente, en escuchar a quienes casi
nadie escucha y en recordarnos que la dignidad no depende de cuánto dinero
tengamos en el bolsillo.
Gracias, Zulema, por hacer de la palabra un refugio posible cuando casi todo
lo demás falta. Por recordarnos que mirar a quienes han sido invisibilizados es
también un acto de resistencia.
Porque hay libros que alimentan el pensamiento, pero este, además, nos
recuerda que hay cuerpos que necesitan alimento, personas que necesitan amparo
y una sociedad que necesita recuperar la capacidad de conmoverse, indignarse y
actuar.

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