viernes, 16 de octubre de 2026

Las gratitudes

Las Gratitudes: cuando las palabras se despiden, el amor todavía tiene algo que decir

Hay obras que llegan en el momento justo de la vida. Obras que, sin levantar la voz, nos ponen frente a esas preguntas que solemos postergar: ¿a quién le debemos un gracias? ¿Qué palabras nos quedaron pendientes? ¿Cuánto de lo que somos está hecho de aquello que alguna vez recibimos y nunca supimos cómo agradecer?

Las Gratitudes, la novela de la escritora francesa Delphine de Vigan, encuentra en su adaptación teatral una nueva forma de conmovernos. En el entrañable Teatro Picadero, ese espacio que parece guardar una intimidad particular con las historias que importan, la escena se convierte en territorio de la memoria, los afectos y la fragilidad humana.

Michka, el personaje central, es una mujer mayor que comienza a perder las palabras. Y en esa pérdida, tan dolorosa como inevitable, se revela una paradoja profundamente humana: cuando el lenguaje empieza a abandonarnos, aquello que verdaderamente importa busca otros modos de hacerse presente. Los gestos, los silencios, los recuerdos y la necesidad de agradecer adquieren entonces una dimensión extraordinaria.

Beatriz Spelzini compone una Michka conmovedora, de una sensibilidad que excede la interpretación y alcanza una verdad íntima. Su trabajo construye, desde los matices y la fragilidad, un personaje que no necesita explicarse todo el tiempo para llegar al corazón del espectador. Hay en su actuación una hondura que invita a mirar el envejecimiento no como una mera pérdida, sino como una vida entera que todavía reclama ser escuchada.

A su lado, Javier Lorenzo sostiene con solidez y sensibilidad el entramado emocional de la obra, aportando presencia y humanidad a este recorrido compartido. Y merece una mención especial Antonia Bengoechea, una actriz que viene dando verdaderos saltos cuánticos en su crecimiento artístico. Su presencia tiene frescura, escucha y una madurez interpretativa que deja entrever una evolución cada vez más interesante.

Bajo la dirección de Juan Tupac Soler y Federico Martínez, la adaptación encuentra su pulso en ese delicado equilibrio entre la emoción y la contención. Porque una historia como esta corre el riesgo de caer en el sentimentalismo, pero su potencia reside, precisamente, en permitir que la emoción aparezca sin forzarla. En dejar espacio para que cada espectador complete, desde su propia experiencia, aquello que sucede sobre el escenario.

La obra de Delphine de Vigan nos recuerda que agradecer no es solamente enumerar lo recibido. Es reconocer la huella que alguien dejó en nosotros. Es volver sobre nuestra historia y descubrir que, aun en medio del dolor, hubo manos que nos sostuvieron, palabras que nos acompañaron y presencias que hicieron más habitable el mundo.

Quizás por eso Las Gratitudes nos toca de una manera tan particular. Porque todos tenemos algo que agradecer, alguien a quien decirle lo que todavía no dijimos, alguna despedida que no terminó de encontrar sus palabras. Y porque el tiempo, que tantas veces creemos infinito, nos enfrenta con la urgencia de expresar aquello que sentimos antes de que sea demasiado tarde.

En el Picadero, la historia encuentra el clima justo para desplegar su intimidad. La cercanía de la sala, la humanidad de los personajes y la potencia de las actuaciones construyen una experiencia que permanece más allá del aplauso.

Hay palabras que se pierden. Hay recuerdos que se desvanecen. Pero hay gratitudes que permanecen.

Y tal vez el teatro tenga, entre sus muchos milagros, ese: recordarnos que todavía estamos a tiempo de decir gracias.

Meche Martínez



 

 

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