Allí radica la grieta fundamental: si el principio de duda razonable existe para proteger al acusado, ¿quién y cómo protege a la víctima? Julieta Zylberberg ofrece una actuación sencillamente brillante, merecedora de cada aplauso de pie. Con una ductilidad estremecedora, encarna a esta abogada penalista que pasa de la soberbia arrogancia del triunfo técnico al desgarro devastador de convertirse en presa del mismo engranaje que defendía.
Es una historia valiente que merece ser contada y recontada. La pieza expone con crudeza la realidad social, el consentimiento y la atroz revictimización judicial. Lo descollante de la puesta es que, a pesar de su densidad dramática, el ritmo es una exhalación: dos horas de tensión absoluta que corren a una velocidad atrapante, donde el espectador no puede ni quiere parpadear. Una joya imprescindible que conmueve, incomoda y transforma.
Meche Martinez
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