MORIA CUMPLIÓ 80 Y SE AUTOREGALÓ UNA SERIE DE NETFLIX
Moria Casán
cumplió 80 años y se regaló una serie de Netflix sobre su propia vida. Y no es
un detalle menor: es el relato de una mujer que lleva más de medio siglo
construyendo a Moria Casán, inventándola, reinventándola y sosteniéndola frente
a las miradas de los demás. Ana María Casanova nació antes que Moria. Pero la
pregunta incómoda es otra: ¿en qué momento Moria dejó de ser un personaje para
convertirse en la persona?
La serie
parece responder que esa frontera ya no existe. Que ya no hay una mujer por un
lado y un personaje por el otro, sino una identidad que terminó fundiéndose con
su propia construcción. No estamos frente a la vida de Moria Casán. Estamos
frente a la vida de Moria Casán según Moria Casán. Y ella misma lo dice con
absoluta claridad: “Es mi verdad, no la verdad de otro”.
Allí está,
quizás, la clave para mirar esta serie. Porque una biografía autorizada es
también una selección. Y seleccionar qué contar es, inevitablemente, seleccionar
qué olvidar. Lo que aparece adquiere significado, pero también lo adquiere
aquello que no aparece. La ausencia de algunos personajes puede ser tan
elocuente como su presencia, porque una vida pública no se construye solamente
con los acontecimientos que se recuerdan, sino también con aquellos que quedan
fuera del relato.
Gerardo
Sofovich aparece, pero su hijo cuestionó que haya quedado reducido dentro de la
historia. Susana Giménez también es mostrada desde una mirada cuestionada.
Otros personajes directamente quedaron afuera. Entonces aparece una pregunta
inevitable: ¿estamos frente a una biopic o frente a un auto-homenaje? ¿Estamos
intentando conocer a la mujer detrás del personaje o asistiendo a la
celebración de un personaje que ya consiguió convertirse en mito?
La serie
puede leerse, entonces, como una extraordinaria operación de administración de
la memoria. Moria decide qué acontecimientos se convierten en mito, cuáles
adquieren una determinada interpretación y cuáles desaparecen del relato.
Porque cuando una persona tiene semejante poder sobre su propia narración,
contar la vida también significa ejercer una forma de poder sobre la memoria de
quienes la compartieron.
Incluso sus
heridas parecen convertirse en combustible para alimentar la leyenda. El
episodio del electroshock durante su adolescencia merecía quizás otro lugar,
otra mirada, otra profundidad. No necesariamente para juzgarlo desde el
presente, sino para detenerse en lo que significa atravesar una experiencia
semejante. Porque cuando hasta el trauma puede convertirse en una prueba más de
excepcionalidad, algo empieza a resultar inquietante.
“Pero no era
malo”, dijo Moria al referirse a aquella experiencia. Y esa frase obliga a
detenerse. Sobrevivir a algo no significa necesariamente que aquello haya sido
bueno. Tampoco significa que deba convertirse en una hazaña. Hay experiencias
que nos atraviesan, que nos modifican y que conseguimos superar, pero cuya
existencia no necesita ser convertida en una medalla para demostrar nuestra
fortaleza.
Moria
construyó durante décadas una mujer invulnerable, “elevada”, extraordinaria,
capaz de atravesarlo todo sin quebrarse... raro. Una mujer que parece no necesitar pedir
permiso, ni disculpas, ni explicaciones… más raro. Convirtió sus escándalos en
capítulos, sus heridas en medallas y a sus enemigos en personajes secundarios, descalificándolos,
desestimándolos, sacándolos del juego. Será por eso que nadie la contradice…
existe su razón y ella las tiene todas para liderarse.
Todo podía
ser incorporado al gran relato de Moria: el escándalo, el amor, la pérdida, la
televisión, el teatro, el cuerpo, la sexualidad, la provocación, la pelea y
hasta el dolor.
Quizás esa
sea su mayor genialidad: haber construido un personaje tan poderoso que terminó
devorando a la persona. Una construcción que fue tan eficaz que, con el paso de
los años, ya no sabemos dónde termina Moria y dónde comienza Ana María. Tal vez
ni siquiera ella pueda establecer esa frontera, ni le interese hacerlo.
Ana María
Casanova creó a Moria Casán para sobrevivir. Para entrar en escena, para ocupar
un lugar, para hacerse visible y para no permitir que otros decidieran quién
debía ser. Pero después de medio siglo, quizás Moria Casán terminó devorándose
a Ana María Casanova. Quizás el personaje se volvió tan grande que ya no
necesita a la mujer que alguna vez estuvo detrás suyo.
A los 80,
Moria consiguió su mayor triunfo: hacer que su propia vida fuera a una ficción.
Una ficción protagonizada por ella misma, narrada por ella misma y, en buena
medida, controlada por ella misma. Esa es la verdadera obra de arte que
construyó durante todos estos años: no solamente una carrera, sino una
identidad convertida en espectáculo.
Pero hay algo
que ninguna serie, por más poderosa que sea, puede resolver del todo. Una
historia no se vuelve verdadera porque quien la cuenta tenga más poder. Se
vuelve más verdadera cuando puede soportar también la voz de los otros. Cuando
admite contradicciones, zonas oscuras, versiones diferentes, heridas que no
pueden transformarse fácilmente en épica. Cuando deja entrar aquello que
incomoda.
Porque quizás
el verdadero desafío de Moria, a los 80, ya no sea seguir construyendo el
personaje. Eso lo hizo durante más de medio siglo y con una eficacia
extraordinaria. El verdadero desafío podría ser otro: permitir que, detrás de
Moria Casán, podamos volver a escuchar alguna vez y a tiempo, la voz de Ana
María Casanova. Sería lindo…
Meche Martínez

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