BARBARELLA, una literatura que muerde
Hay libros
que cuentan historias y otros que se meten directamente dentro de la herida. Barbarella,
la ópera prima de Zulema Lázaro, pertenece a estos últimos.
Sus cuentos recorren una Buenos Aires de subsuelos: personajes rotos, abusados
y abusadores, violentos, perversos, marginales, pero también capaces de amar.
Lázaro no escribe sobre personajes buenos o malos: escribe sobre seres humanos
atravesados por sus contradicciones.
Y allí reside una de las grandes potencias del libro: nadie queda cómodamente
instalado en el lugar de víctima o victimario.
La autora no juzga a sus personajes: les da voz, cuerpo, deseo y existencia.
Julia Saltzmann lo advierte en su prólogo: una narradora que irrespeta casi
todo, pero que respeta profundamente la lengua.
Y la lengua de Lázaro es justamente eso: robusta, barroca, torrencial,
excesiva, irreverente.
Una escritura que no pide permiso y que parece desbordarse al mismo tiempo que
se desbordan sus personajes.
El exceso no es solamente un recurso estilístico: es también una forma de mirar
el mundo.
Frente a la pobreza, la violencia y la marginalidad, Lázaro se niega al
costumbrismo y a la mirada complaciente.
No estetiza el dolor: lo atraviesa.
Sus cuerpos están fuera de norma, pero nunca fuera de la humanidad.
Cuerpos que desean, sufren, sobreviven, se enferman, se entregan y se
defienden.
En el cuento que da nombre al libro, incluso el deseo de transformarse en otra
aparece como una pregunta por la propia identidad.
¿Qué hacemos con el cuerpo que nos tocó? ¿Lo habitamos, lo rechazamos, lo
convertimos en deseo?
En Lázaro, el cuerpo siempre es territorio: de memoria, de violencia, de placer
y de supervivencia.
También aparece el humor, muchas veces oscuro y grotesco, como una manera de
respirar dentro del espanto.
Porque cuando todo es tragedia, el lector se anestesia; el humor, en cambio,
abre una grieta.
Barbarella deja ver, además, a una escritora que ya conoce el poder de
su herramienta fundamental: la palabra.
Una escritora que no busca explicar la realidad, sino entrar en ella.
Y entrar significa aceptar sus contradicciones, sus zonas oscuras y aquello que
preferimos no mirar.
Por eso estos cuentos incomodan: porque sus personajes no pueden ser reducidos
a etiquetas.
Son monstruosos a veces, tiernos otras, violentos, vulnerables, deseantes y
profundamente humanos.
Lázaro no los salva ni los condena: los vuelve literatura.
Y esa es, quizás, la mayor virtud de Barbarella: una literatura que no
acaricia la herida, la mira de frente y muerde.
Meche Martínez
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