miércoles, 20 de mayo de 2026

La última sesión de Freud

 

“No es solo un fuerte debate, es una obra profunda sobre dos hombres que viven y discuten los grandes temas de todos los tiempos, con inteligencia y humor”

Hay obras que trascienden el hecho teatral para convertirse en una experiencia intelectual y emocional. La última sesión de Freud lo logra con una potencia escénica arrolladora. El texto de Mark St. Germain es sublime: una pieza cargada de profundidad filosófica, inteligencia y humanidad, que encuentra en la versión de Daniel Veronese una mirada brillante, precisa y profundamente sensible.

La obra imagina un encuentro ficticio entre Sigmund Freud y C.S. Lewis en Londres, en 1939, el mismo día en que Inglaterra entra en la Segunda Guerra Mundial. Allí, ambos hombres debaten sobre Dios, el amor, el sexo, el dolor y el sentido de la existencia. Pero más allá de la extraordinaria dramaturgia, lo que convierte esta puesta en una experiencia inolvidable es la actuación monumental de Luis Machín.

Machín ofrece una composición absolutamente magistral. Su Freud no es solamente un personaje: es un hombre quebrado, lúcido, irónico, devastado y profundamente humano. Cada palabra parece atravesarle el cuerpo. Cada silencio tiene un peso emocional inmenso. Hay actores que interpretan y hay actores que trascienden el escenario; Luis Machín pertenece a esa categoría inmensa y excepcional del teatro argentino que convierte una actuación en un acontecimiento artístico.

Su trabajo es de una sensibilidad y una verdad conmovedoras. Construye un Freud intenso, filoso, vulnerable y feroz al mismo tiempo. La manera en que sostiene la escena, la precisión de cada gesto, el manejo de la voz, las pausas, las miradas, todo en él tiene una dimensión profundamente teatral y cinematográfica a la vez. Machín demuestra, una vez más, por qué fue, es y será uno de los actores más brillantes de nuestra escena. Su presencia escénica es hipnótica. Hay momentos donde alcanza una densidad interpretativa verdaderamente impactante.

A su lado, Javier Lorenzo acompaña con enorme inteligencia y sensibilidad, construyendo un C.S. Lewis sólido y preciso, logrando un contrapunto necesario frente a la inmensidad interpretativa de Machín. Entre ambos generan duelos verbales apasionantes, atravesados por la emoción, la ironía y el pensamiento.

La dirección de Veronese encuentra el equilibrio perfecto para un texto de semejante magnitud. Comprende que el verdadero conflicto sucede en las ideas, en las heridas íntimas y en aquello que los personajes intentan defender frente al otro y frente a sí mismo. Y logra transformar esa conversación filosófica en un hecho teatral vibrante.

La última sesión de Freud es una obra enorme. Un teatro que interpela, conmueve y obliga a pensar. Pero, sobre todo, es una oportunidad invaluable para presenciar el trabajo extraordinario de Luis Machín, un actor inmenso que vuelve a demostrar que cuando el talento, la inteligencia y la verdad escénica se unen, el teatro se convierte en algo inolvidable.

Meche Martínez

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