En tiempos donde todo parece acelerado, donde el amor se desliza
por pantallas y los vínculos se consumen con la velocidad de un dedo que hace
“scroll”, A propósito de los besos aparece como una pequeña ceremonia
sensible sobre aquello que todavía nos salva: el contacto humano. El beso como
archivo emocional. Como memoria del cuerpo. Como lenguaje imposible de
reemplazar.
En el imponente y mágico Palacio Libertad, ex Correo Argentino, la
obra encuentra además un territorio perfecto para desplegar su poética. Hay
algo majestuoso en esos salones enormes, cargados de historia y belleza, que
vuelve aún más íntima la experiencia. Como si el espectáculo conviviera con
ecos antiguos, con cartas de amor nunca enviadas, con despedidas suspendidas en
las paredes del lugar. El espacio no es solamente una locación: es parte
emocional de la obra.
La dirección de Alfredo Megna trabaja desde la delicadeza. Megna
entiende que el material no necesita estridencias; le alcanza con escuchar el
pulso interno de una mujer atravesada por sus recuerdos, sus deseos y sus
contradicciones. Su puesta construye un equilibrio hermoso entre el humor, la
melancolía y cierta torpeza emocional profundamente humana. Todo parece flotar
con naturalidad, como esos pensamientos que aparecen sin permiso cuando alguien
habla del amor.
Y allí emerge enorme Coni Marino. Dueña de una sensibilidad
escénica extraordinaria, Marino compone una investigadora desbordada por sus
propias pasiones con inteligencia, timing y muchísima verdad. Su actuación
tiene música interna. Hay algo en su manera de habitar el texto que conmueve
porque jamás busca el efecto fácil: simplemente ocurre. Pasa del humor absurdo
a la emoción más frágil con una organicidad admirable. Canta, actúa, recuerda,
teoriza y se derrumba frente al público con una humanidad luminosa.
La música en vivo de Leandro Marquesano es otro de los grandes
aciertos del espectáculo. El piano no acompaña: conversa. Respira junto a la
actriz. Subraya silencios, sostiene climas y transforma cada escena en un
pequeño instante cinematográfico. Hay funciones donde la música aparece como
adorno; aquí se vuelve corazón.
A propósito de los besos no intenta explicar
científicamente nada. Y quizás allí radique su belleza. Porque los besos, como
el amor, pertenecen más al territorio del temblor que al de la razón. La obra
entiende eso profundamente y lo convierte en teatro.
Un espectáculo sensible, inteligente y profundamente humano, en
uno de los espacios culturales más bellos de Buenos Aires. Una experiencia para
recordar que todavía necesitamos besarnos, mirarnos y emocionarnos frente a
otros.
Meche Martínez

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