CUANDO EL VIAJE HACIA EL OTRO TERMINA SIENDO UN VIAJE HACIA UNA MISMA
Hay algo profundamente espiritual en Okasan,
porque debajo de la historia de una madre que viaja por primera vez a Japón
para encontrarse con su único hijo, hay una pregunta mucho más grande: ¿qué
hacemos con nosotros mismos cuando aquello que durante años nos dio identidad
comienza a cambiar? Esta mujer viaja miles de kilómetros creyendo que va a
visitar a su hijo y, sin saberlo, se encuentra con una versión desconocida.
Japón aparece entonces como un territorio exterior, pero también como un
territorio interior: lo extraño, lo diferente, lo que no podemos controlar,
aquello que nos obliga a mirar de otra manera y a aceptar que la vida no
siempre se parece a lo que habíamos imaginado.
Quizás allí está la verdadera belleza de esta obra. En
comprender que amar también significa soltar, que acompañar a un hijo en su
crecimiento implica aceptar que ya no nos necesita de la misma manera y que,
cuando ese lugar que ocupábamos se transforma, aparece inevitablemente la
pregunta por quiénes somos ahora. Okasan habla del nido vacío, pero va
mucho más allá: habla del desapego como una forma de amor, de la posibilidad de
dejar de aferrarnos para poder descubrir nuevos caminos, de esa transformación
silenciosa que sucede cuando entendemos que nuestros hijos no son una
prolongación de nuestra vida, sino seres que tienen derecho a construir su
propio paisaje.
Mientras ella intenta comprender Japón, sus
costumbres, sus silencios y esa cultura tan bella y distante, nosotros vamos aprendiendo
algo esencial: muchas veces creemos que viajamos para conocer un lugar y
terminamos viajando para conocernos. La gran aventura de esta mujer no es
solamente encontrar a su hijo en ese paisaje desconocido, sino encontrarse a sí
misma después de haber sido durante tanto tiempo madre de ese hijo. Hay algo de
iniciación, de renacimiento, de rito de pasaje en ese recorrido. Como si la
vida le dijera que todavía queda mucho por descubrir.
Y qué placer es ver a Carola Reyna sostener
todo esto sola en escena. Su actuación tiene la sensibilidad necesaria para que
lo cotidiano se vuelva profundo, para que el humor conviva con la emoción y
para que una mirada pueda decir aquello que muchas palabras no alcanzan. Carola
no interpreta solamente a una mujer que viaja: compone a una mujer que está
cambiando. Y verla atravesar ese proceso es uno de los grandes placeres de Okasan.
La adaptación de Paula Herrera Nóbile, con Sandra
Durán y Carola Reyna, junto con la dirección de Paula Herrera Nóbile,
construye un universo donde todo parece tener un sentido. La escenografía,
funcional y delicada, las luces hermosas, el sonido, la música y los recursos
visuales no decoran: acompañan el viaje, lo expanden y crean esa sensación de
estar entrando en otro mundo. Todo está puesto al servicio de una historia que
habla, en definitiva, de algo tan universal como aprender a despedir una
versión de nosotros para poder darle lugar a la que todavía no conocemos.
Okasan nos recuerda que nunca dejamos
de transformarnos. Que a veces necesitamos viajar muy lejos para descubrir que
el verdadero destino estaba adentro. Y que quizás crecer no consiste en saber
quiénes somos, sino en tener el coraje de preguntarnos quiénes podemos llegar a
ser. Una obra sensible, profunda y luminosa. Una actriz brillante. Una
dirección precisa. Un viaje que vale la pena hacer. Que siga andando.
Meche Martinez
Adaptación: Sandra Duran, Paula Herrera Nóbile, Carola Reyna
Escenografía: Cecilia
Zuvialde
Audiovisuales: Ivana
Kairiyama
Asistencia de
vestuario: Julia
Seras Rodríguez
Asistencia de
dirección: Denise
Yañez
Producción
ejecutiva: Luciana
Becerra
Producción
general: Sandra
Duran, Carola
Reyna
Dirección: Paula Herrera Nóbile

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