Se presenta los sábados a las 20:30 hs en el Camarín de las Musas (Mario Bravo 960, CABA), y no es un dato menor: ese espacio tiene algo de casa habitada, de intimidad compartida, de ceremonia mínima. Allí, donde el teatro parece respirar más cerca del espectador, sucede esta obra de Nelson Valente que lleva más de diez años en cartel y sigue agotando localidades como si el tiempo no pasara —o como si pasara demasiado y necesitáramos volver a mirarlo.
La trama es
sencilla, casi doméstica, y por eso mismo profundamente perturbadora. Patricia
vive con sus hijos mellizos, su madre, su hermana y la novia de uno de los
chicos. Es ella quien sostiene la casa, quien organiza, quien contiene, quien
posterga. Hoy, sin saberlo, recibirá un llamado telefónico que cambiará su vida
para siempre. Y ese “para siempre” no es grandilocuente: es cotidiano,
irreversible, silencioso.
Nelson
Valente tiene ese don poco frecuente de retratar lo costumbrista sin
subrayarlo, de poner en escena lo que todos reconocemos, pero pocas veces
decimos. Su teatro se construye con palabras que parecen inofensivas y gestos
mínimos que esconden verdades incómodas. A veces duelen, sí, pero atravesadas
por el filtro teatral se vuelven más digeribles, más amorosas, casi necesarias.
Como si el escenario nos ofreciera un lugar seguro para mirar aquello que
evitamos en la vida real.
El elenco
es uno de los grandes pilares de esta joya orgánica y verosímil. Mayra Homar
despliega un talento arrollador: puede quebrarse y emocionarnos hasta las
lágrimas o sonreír y conmover desde una ternura desarmante. Su Patricia respira
cansancio, amor, resignación y deseo en partes iguales. Guido Botto Fiora
aporta una frescura inmensa, de esas que abrazan al espectador sin pedir
permiso. Flor Moreno construye una hermana que nadie quiere tener pero muy
creíble y Silvia Villazur compone una abuela “hot” deliciosa, que divierte con
solo aparecer, dueña de una presencia magnética que ilumina la escena.
Julia Dorto
se destaca desde una sublime liviandad: su personaje respira hartazgo sin
perder delicadeza, como quien ya entendió demasiado pronto cómo funcionan las
cosas. Juan Ignacio Ugüet construye un rechazo inmediato, tan eficaz que
despierta ganas de saltar de la butaca; su composición es precisa, incómoda,
necesaria. Y Martín Gallo —en un verdadero tour de force— encarna uno de los
momentos más intensos de la obra, uno de tantos, porque Solo llamé… se
mueve en esa montaña rusa emocional donde la risa y la emoción se suceden en
cuestión de segundos.
Ese es,
también, el sello Valente: la risa que no anestesia, la emoción que no
manipula, la dirección que confía en el texto, en los actores y en el
espectador. Todo fluye con una naturalidad tan afinada que por momentos uno
olvida que está en el teatro y siente que es domingo, que está sentado en la
mesa de cualquier familia argentina, escuchando conversaciones ajenas que se
parecen demasiado a las propias.
Solo
llamé para decirte que te amo es una obra que no necesita estridencias para quedarse. Es una joyita
imperdible, profundamente humana, que confirma que cuando el teatro se anima a
mirar la vida de frente —con amor, con humor y con verdad— el tiempo no pasa:
se acumula, se vuelve memoria y nos devuelve algo de nosotros mismos. (Meche
Martinez)

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