domingo, 8 de febrero de 2026

DRUK

 

Hay obras que se beben de un solo trago y otras que dejan un gusto persistente, incómodo y necesario. DRUK pertenece a estas últimas. En el Teatro Metropolitan, sobre la siempre viva Avenida Corrientes, Javier Daulte dirige con pulso firme esta comedia dramática que se atreve a preguntar —sin moraleja y sin solemnidad— qué hacemos con la vida cuando el deseo se nos vuelve tibio.

Adaptación de la película danesa Another Round, ganadora del Oscar, DRUK no se limita a trasladar una historia exitosa al escenario argentino: la reescribe desde nuestra sensibilidad, desde nuestras contradicciones. Cuatro hombres, profesores, amigos, adultos funcionales en apariencia, deciden experimentar una teoría tan absurda como reveladora: mantener un nivel constante de alcohol en sangre para mejorar su rendimiento vital. El punto de partida es casi lúdico; el desarrollo, profundamente humano.

Daulte —gran arquitecto de vínculos rotos, silencios incómodos y verdades que asoman cuando ya no hay defensa— dirige con inteligencia y ritmo una pieza que oscila entre la risa franca y el vacío existencial. Nada está de más, nada se subraya. La comedia avanza ágil, pero lo que queda es la reflexión: ¿qué anestesiamos?, ¿qué no nos permitimos sentir estando sobrios?, ¿qué precio tiene sostener la adultez como mandato?

El gran acierto de DRUK es su elenco. Pablo Echarri, Juan Gil Navarro, Osqui Guzmán y Carlos Portaluppi componen un cuarteto impecable, preciso, profundamente entregado. No hay competencia de egos; hay escucha, juego, riesgo. Cada uno construye un personaje atravesado por la fragilidad, lejos de cualquier masculinidad rígida o heroica. Es, verdaderamente, brillante ver a cuatro hombres sobre el escenario tan deconstruidos, tan disponibles a mostrarse vulnerables, ridículos, rotos, deseantes. Ese gesto —político, sensible, necesario— es uno de los grandes valores de la obra.

Las actuaciones sostienen la tensión emocional sin caer en golpes bajos. Hay verdad en los cuerpos, en las miradas, en los silencios que pesan más que las palabras. DRUK habla de amistad, de amor, de identidad, de la crisis de sentido que no siempre tiene nombre pero sí síntomas. Y lo hace con humor, con melancolía, con una honestidad que interpela.

DRUK no invita a beber; invita a pensar. A preguntarnos de qué estamos hechos cuando se nos cae el personaje. A reconocer que, a veces, lo que buscamos no es escapar, sino sentir algo más. Algo vivo.

Funciones de miércoles a domingo. Una obra para dejarse atravesar. Una obra que, como el buen teatro, no se olvida fácilmente. (Meche Martinez)

 


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