Hay obras que se beben de un solo trago y otras que dejan un gusto persistente, incómodo y necesario. DRUK pertenece a estas últimas. En el Teatro Metropolitan, sobre la siempre viva Avenida Corrientes, Javier Daulte dirige con pulso firme esta comedia dramática que se atreve a preguntar —sin moraleja y sin solemnidad— qué hacemos con la vida cuando el deseo se nos vuelve tibio.
Adaptación
de la película danesa Another Round, ganadora del Oscar, DRUK no
se limita a trasladar una historia exitosa al escenario argentino: la reescribe
desde nuestra sensibilidad, desde nuestras contradicciones. Cuatro hombres,
profesores, amigos, adultos funcionales en apariencia, deciden experimentar una
teoría tan absurda como reveladora: mantener un nivel constante de alcohol en
sangre para mejorar su rendimiento vital. El punto de partida es casi lúdico;
el desarrollo, profundamente humano.
Daulte
—gran arquitecto de vínculos rotos, silencios incómodos y verdades que asoman
cuando ya no hay defensa— dirige con inteligencia y ritmo una pieza que oscila
entre la risa franca y el vacío existencial. Nada está de más, nada se subraya.
La comedia avanza ágil, pero lo que queda es la reflexión: ¿qué anestesiamos?,
¿qué no nos permitimos sentir estando sobrios?, ¿qué precio tiene sostener la
adultez como mandato?
El gran
acierto de DRUK es su elenco. Pablo Echarri, Juan Gil Navarro, Osqui
Guzmán y Carlos Portaluppi componen un cuarteto impecable, preciso,
profundamente entregado. No hay competencia de egos; hay escucha, juego,
riesgo. Cada uno construye un personaje atravesado por la fragilidad, lejos de
cualquier masculinidad rígida o heroica. Es, verdaderamente, brillante ver a
cuatro hombres sobre el escenario tan deconstruidos, tan disponibles a
mostrarse vulnerables, ridículos, rotos, deseantes. Ese gesto —político,
sensible, necesario— es uno de los grandes valores de la obra.
Las
actuaciones sostienen la tensión emocional sin caer en golpes bajos. Hay verdad
en los cuerpos, en las miradas, en los silencios que pesan más que las
palabras. DRUK habla de amistad, de amor, de identidad, de la crisis de
sentido que no siempre tiene nombre pero sí síntomas. Y lo hace con humor, con
melancolía, con una honestidad que interpela.
DRUK no invita a beber; invita a pensar.
A preguntarnos de qué estamos hechos cuando se nos cae el personaje. A
reconocer que, a veces, lo que buscamos no es escapar, sino sentir algo más.
Algo vivo.
Funciones
de miércoles a domingo. Una obra para dejarse atravesar. Una obra que, como el
buen teatro, no se olvida fácilmente. (Meche Martinez)


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