Como casi toda nuestra
generación -aquella que llaman X, por comodidad de pensamiento- mi infancia
estuvo marcada por el paso del disco al cassette, y luego ya en la adolescencia
del cassette al CD, aunque esto no sea el tema principal de estas líneas. Mejor
sería contar que alrededor del “combinado” familiar nunca faltaron vinilos de
tango, folklore argentino y algunos boleros, pero también había lugar para la
música clásica, el rock británico (si, los cuatro melenudos, por supuesto), y
la música brasilera. Hoy veo como un privilegio haber crecido musicalmente
escuchando con total cotidianeidad -a mis escasos diez años- a Vinicius y
Toquinho, a Maria Creuza y Maria Bethania, a su hermano Caetano, a Chico
Buarque de Hollanda, a Tom Jobim y Elis Regina entre otros grandes de esa
primera camada de tropicalismo y bossa-nova. Luego, con el tiempo se
incorporaron a la banda sonora de mi vida los Novos Baianos, Tom Zé, Rita Lee,
Gal Costa, Jorge Ben Jor, y Adriana Calcanhotto, Tribalistas...
Aclaro desde ya que
este caprichoso e incompleto listado jamás podría agotar el inmenso legado
cultural (y no solo en el área musical) que podemos apreciar de nuestros
vecinos, rivales en la cancha, pero hermanos en la búsqueda de elementos
culturales que nos definan como parte de una misma historia americana. De
regreso a historias más cercanas, en algún momento de fines de los años ochenta
captó mi atención la singular expresividad de una voz que no conocía, pero que
a la vez me resultaba del todo familiar. Era una versión en portugués del
famoso tema de Stevie Wonder “I Just Called to Say I Love You”. No usaba locas
baterías electrónicas ni cultivaba el sonido pop de la época, no había
distorsiones ni ritmos palpitantes. Yo solo atendía, sorprendido, a la suavidad
y la ternura de un tenor lírico que hacía redescubrir al mundo la belleza de lo
que era entonces una canción top más de la radio. “Nada de mais, nada de mal
/ Ninguém comigo além da solidão / Nem mesmo um verso original / Pra te dizer e
começar uma canção / Só chamei porque te amo / Só chamei porque é grande a
paixão / Só chamei porque te amo / Lá bem fundo, fundo do meu coração.” Así
aparecía Gilberto Gil en mi vida: sin gritos, sin avisos, como si siempre
hubiese estado ahí.
Casi siempre las
despedidas se anuncian como finales. Pero otras, como las de Gilberto, nos
dejan claro que hay MPB para rato. La “Tempo rei tour” es -según dice-
su última gira. Este espectáculo producido por Flora, su esposa y manager, ya
pasó en 2025 por cada estado de Brasil, y junta en el escenario a varios hijos
e hijas de Gilberto (tiene ocho de al menos tres matrimonios), nietos y hasta su
más reciente nuera, para mostrar no una retrospectiva sino más bien la
actualidad misma de su producción musical de ayer y de hoy. En un portuñol
absolutamente perdonable, y hasta disfrutable, en la noche de ayer -miércoles
11 de marzo de 2026- conversó con su público argentino mostrando un recíproco
afecto: cuantos más aplausos bajaban desde la platea, mayor era el crescendo de
la orquesta, que si no hubiera sido interrumpida -una y otra vez- por la férrea
presencia de líneas de seguridad privada, habría desembocado inexorablemente en
un apoteósico y colectivo candomblé. Digamos que no quedó otra opción más que
bailar con los ojos y los hombros al no poder dar rienda suelta al festival del
cuerpo. Distinto fue para el propio Gilberto, que a sus jóvenes ochenta y tres
años mantuvo su presencia magnética en centro del escenario durante dos horas
con un intervalo de apenas cinco minutos, momento en que su hijo Bem interpretó
“A paz” en guitarra solista, creando una atmósfera tan especial que llevó al
auditorio a un espacio más allá del tiempo cronológico. En cuanto a “seu
orquestra” tal como la llamó en varias ocasiones, estaba compuesta por
percusión, batería y piano, un sólido cuarteto de cuerdas, una potente sección
de vientos, dos coristas femeninas (una de las cuales era su nuera, como ya
dijimos), guitarra, bajo y acordeón a piano. Un verdadero lujo poder escuchar,
además del maestro, la química de este ensemble.
Dos momentos emotivos
quisiera rescatar de los muchos que nos tocó vivir durante esta histórica
noche. El primero, la emisión de un video donde su amigo Chico Buarque recuerda
la época de confrontación política en Brasil hacia fines de los años sesenta y
comienzo de los setenta, y el posterior exilio de muchos artistas (entre los
cuales estaba el propio Gilberto Gil), así como la historia que los unía a
través de la canción Cálice, que dice así: “Pai, afasta de mim esse cálice /
Pai, afasta de mim esse cálice / Pai, afasta de mim esse cálice / De vinho
tinto de sangue / Como beber dessa bebida amarga? / Tragar a dor, engolir a
labuta? / Mesmo calada a boca, resta o peito/ Silêncio na cidade não se escuta”.
Claro: cálice (cáliz, en castellano) en portugués suena igual a “¡cállese!”. En
fin, autoritarismos de ayer… que podemos encontrar también al día de hoy.
El segundo momento
emotivo fue una pequeña historia -y guiño para el país anfitrión- que Gilberto
contó sobre sobre su viaje a Lagos, Nigeria, para el festival FESTAC '77, un
congreso de músicos de ascendencia africana en la diáspora, y que motivó la composición
del tema (y del disco homónimo) Refavela, título que propone una
reinterpretación, una reinvención de la favela ya no como espacio de
pobreza sino de transformación identitaria. Gilberto apostó a reimaginar a
Brasil pero desde las contribuciones de la cultura africana, para dejar de
identificar lo negro con lo marginal, y pasar a verlo como fuente de belleza,
creatividad, vida. ¿Y el guiño, dónde está? me recordará el amable lector de
estas líneas. Gilberto cuenta que habiendo en el festival representantes de
todos los países sudamericanos, el nuestro brillaba por su ausencia. Recordemos
el año: 1977. De pronto, se acerca una señora mayor, blanca ella -según la
describe-, y le dice algo así: “Mi país no envió ningún representante. Mi gente
niega sus raíces negras, que las tiene. Así que junté un billete sobre otro
hasta que pude pagar mi pasaje. Y aquí estoy, en representación de los negros
que también construyeron mi país”.
Ansío que la antorcha
que encendieron Gilberto Gil y sus contemporáneos, pase a nuevas manos, a la
generación de Los gilsons (hijos y nietos del propio Gilberto:
Francisco, Joao y José Gil), a la talentosa cantante trans Liniker que
combina soul, música negra y artes visuales, a la jovencísima Marina Sena
que ya fue artista revelación y tiene tres discos en su haber, o a Luedji
Luna que fusiona ritmos afrobrasileños, MPB y jazz. Con todo este panorama,
¿caben dudas frente a mi afirmación inicial? No. Hay despedidas que se anuncian
como finales, y otras, como las de Gilberto Gil, que nos dejan claro que hay
buena música para rato, siempre que haya alguien que quiera escucharla.
Rodrigo
Campos Alvo, 12 de marzo de 2026

Una belleza!! Tan bien contado que parece que casi estuve ahí
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