domingo, 15 de marzo de 2026

DE ANTORCHAS Y DESPEDIDAS

 

Como casi toda nuestra generación -aquella que llaman X, por comodidad de pensamiento- mi infancia estuvo marcada por el paso del disco al cassette, y luego ya en la adolescencia del cassette al CD, aunque esto no sea el tema principal de estas líneas. Mejor sería contar que alrededor del “combinado” familiar nunca faltaron vinilos de tango, folklore argentino y algunos boleros, pero también había lugar para la música clásica, el rock británico (si, los cuatro melenudos, por supuesto), y la música brasilera. Hoy veo como un privilegio haber crecido musicalmente escuchando con total cotidianeidad -a mis escasos diez años- a Vinicius y Toquinho, a Maria Creuza y Maria Bethania, a su hermano Caetano, a Chico Buarque de Hollanda, a Tom Jobim y Elis Regina entre otros grandes de esa primera camada de tropicalismo y bossa-nova. Luego, con el tiempo se incorporaron a la banda sonora de mi vida los Novos Baianos, Tom Zé, Rita Lee, Gal Costa, Jorge Ben Jor, y Adriana Calcanhotto, Tribalistas...

Aclaro desde ya que este caprichoso e incompleto listado jamás podría agotar el inmenso legado cultural (y no solo en el área musical) que podemos apreciar de nuestros vecinos, rivales en la cancha, pero hermanos en la búsqueda de elementos culturales que nos definan como parte de una misma historia americana. De regreso a historias más cercanas, en algún momento de fines de los años ochenta captó mi atención la singular expresividad de una voz que no conocía, pero que a la vez me resultaba del todo familiar. Era una versión en portugués del famoso tema de Stevie Wonder “I Just Called to Say I Love You”. No usaba locas baterías electrónicas ni cultivaba el sonido pop de la época, no había distorsiones ni ritmos palpitantes. Yo solo atendía, sorprendido, a la suavidad y la ternura de un tenor lírico que hacía redescubrir al mundo la belleza de lo que era entonces una canción top más de la radio. “Nada de mais, nada de mal / Ninguém comigo além da solidão / Nem mesmo um verso original / Pra te dizer e começar uma canção / Só chamei porque te amo / Só chamei porque é grande a paixão / Só chamei porque te amo / Lá bem fundo, fundo do meu coração.” Así aparecía Gilberto Gil en mi vida: sin gritos, sin avisos, como si siempre hubiese estado ahí.

Casi siempre las despedidas se anuncian como finales. Pero otras, como las de Gilberto, nos dejan claro que hay MPB para rato. La “Tempo rei tour” es -según dice- su última gira. Este espectáculo producido por Flora, su esposa y manager, ya pasó en 2025 por cada estado de Brasil, y junta en el escenario a varios hijos e hijas de Gilberto (tiene ocho de al menos tres matrimonios), nietos y hasta su más reciente nuera, para mostrar no una retrospectiva sino más bien la actualidad misma de su producción musical de ayer y de hoy. En un portuñol absolutamente perdonable, y hasta disfrutable, en la noche de ayer -miércoles 11 de marzo de 2026- conversó con su público argentino mostrando un recíproco afecto: cuantos más aplausos bajaban desde la platea, mayor era el crescendo de la orquesta, que si no hubiera sido interrumpida -una y otra vez- por la férrea presencia de líneas de seguridad privada, habría desembocado inexorablemente en un apoteósico y colectivo candomblé. Digamos que no quedó otra opción más que bailar con los ojos y los hombros al no poder dar rienda suelta al festival del cuerpo. Distinto fue para el propio Gilberto, que a sus jóvenes ochenta y tres años mantuvo su presencia magnética en centro del escenario durante dos horas con un intervalo de apenas cinco minutos, momento en que su hijo Bem interpretó “A paz” en guitarra solista, creando una atmósfera tan especial que llevó al auditorio a un espacio más allá del tiempo cronológico. En cuanto a “seu orquestra” tal como la llamó en varias ocasiones, estaba compuesta por percusión, batería y piano, un sólido cuarteto de cuerdas, una potente sección de vientos, dos coristas femeninas (una de las cuales era su nuera, como ya dijimos), guitarra, bajo y acordeón a piano. Un verdadero lujo poder escuchar, además del maestro, la química de este ensemble.

Dos momentos emotivos quisiera rescatar de los muchos que nos tocó vivir durante esta histórica noche. El primero, la emisión de un video donde su amigo Chico Buarque recuerda la época de confrontación política en Brasil hacia fines de los años sesenta y comienzo de los setenta, y el posterior exilio de muchos artistas (entre los cuales estaba el propio Gilberto Gil), así como la historia que los unía a través de la canción Cálice, que dice así: “Pai, afasta de mim esse cálice / Pai, afasta de mim esse cálice / Pai, afasta de mim esse cálice / De vinho tinto de sangue / Como beber dessa bebida amarga? / Tragar a dor, engolir a labuta? / Mesmo calada a boca, resta o peito/ Silêncio na cidade não se escuta”. Claro: cálice (cáliz, en castellano) en portugués suena igual a “¡cállese!”. En fin, autoritarismos de ayer… que podemos encontrar también al día de hoy.

El segundo momento emotivo fue una pequeña historia -y guiño para el país anfitrión- que Gilberto contó sobre sobre su viaje a Lagos, Nigeria, para el festival FESTAC '77, un congreso de músicos de ascendencia africana en la diáspora, y que motivó la composición del tema (y del disco homónimo) Refavela, título que propone una reinterpretación, una reinvención de la favela ya no como espacio de pobreza sino de transformación identitaria. Gilberto apostó a reimaginar a Brasil pero desde las contribuciones de la cultura africana, para dejar de identificar lo negro con lo marginal, y pasar a verlo como fuente de belleza, creatividad, vida. ¿Y el guiño, dónde está? me recordará el amable lector de estas líneas. Gilberto cuenta que habiendo en el festival representantes de todos los países sudamericanos, el nuestro brillaba por su ausencia. Recordemos el año: 1977. De pronto, se acerca una señora mayor, blanca ella -según la describe-, y le dice algo así: “Mi país no envió ningún representante. Mi gente niega sus raíces negras, que las tiene. Así que junté un billete sobre otro hasta que pude pagar mi pasaje. Y aquí estoy, en representación de los negros que también construyeron mi país”.

Ansío que la antorcha que encendieron Gilberto Gil y sus contemporáneos, pase a nuevas manos, a la generación de Los gilsons (hijos y nietos del propio Gilberto: Francisco, Joao y José Gil), a la talentosa cantante trans Liniker que combina soul, música negra y artes visuales, a la jovencísima Marina Sena que ya fue artista revelación y tiene tres discos en su haber, o a Luedji Luna que fusiona ritmos afrobrasileños, MPB y jazz. Con todo este panorama, ¿caben dudas frente a mi afirmación inicial? No. Hay despedidas que se anuncian como finales, y otras, como las de Gilberto Gil, que nos dejan claro que hay buena música para rato, siempre que haya alguien que quiera escucharla.

Rodrigo Campos Alvo, 12 de marzo de 2026

 

1 comentario:

  1. Una belleza!! Tan bien contado que parece que casi estuve ahí

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