En “Boy”, el
unipersonal protagonizado por Boy Olmi que se presenta los jueves en el Teatro
Picadero, la escena se transforma en un territorio íntimo donde el teatro
funciona, ante todo, como un ejercicio de memoria. No se trata solamente de
recordar: Olmi explora la memoria como un material vivo, poroso, que se
deforma, se ilumina y se vuelve relato frente al público.
El actor se coloca
en un lugar de exposición poco frecuente: el de quien revisita su propia
historia con la fragilidad y la ironía que el paso del tiempo habilita. “Boy”
no es una autobiografía lineal ni un inventario nostálgico de recuerdos; es,
más bien, un tejido de evocaciones donde la infancia, la familia, las imágenes
culturales y los pequeños episodios de una vida se entrelazan con una mirada
lúcida sobre el presente.
Lo más notable del
espectáculo es el trabajo actoral sobre la memoria. Olmi no se limita a narrar
recuerdos: los encarna. Cada evocación aparece como si emergiera en ese mismo
instante, con la espontaneidad de quien descubre algo mientras lo cuenta. Hay
allí un procedimiento teatral muy preciso: el actor modula su voz, su cuerpo y
sus silencios para transformar anécdotas en pequeñas escenas. Así, el pasado
deja de ser relato y se vuelve experiencia compartida.
La puesta acompaña
con sobriedad este dispositivo. Sin grandes artificios escénicos, el
espectáculo se sostiene en la potencia del intérprete y en la inteligencia del
texto. Ese minimalismo permite que el foco permanezca en lo esencial: la
palabra, la evocación y la presencia del actor. En ese espacio despojado, cada
recuerdo adquiere densidad emocional.
A lo largo de la
función, Olmi despliega también un humor delicado, muchas veces autoirónico,
que evita cualquier deriva solemne. La memoria aparece entonces como un
territorio ambiguo: a veces luminoso, a veces melancólico, pero siempre
atravesado por la conciencia de que recordar es también reconstruir y
reinventar.
“Boy” se convierte
así en una experiencia teatral profundamente humana. Un actor frente al
público, revisando su vida y, al hacerlo, tocando inevitablemente zonas comunes
de quienes lo escuchan. Porque en ese ejercicio de memoria personal late algo
universal: la pregunta por lo que fuimos, por lo que recordamos haber sido y
por lo que todavía somos capaces de contar.
Los jueves en el
Picadero, Boy Olmi demuestra que el teatro puede ser, simplemente, un hombre y
sus recuerdos, y que cuando ese material se trabaja con honestidad y oficio,
alcanza para construir una noche de teatro conmovedora. (Meche Martínez) 🎭

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