miércoles, 1 de abril de 2026

Doce constelaciones y una que no fue

 

Escucha la entrevista en Mas bien Comunicación

Hay libros que se leen, y hay libros que se atraviesan. “Doce constelaciones y una que no fue” de Adriana Carla Gorlero pertenece, sin duda, a esta segunda categoría: una obra que no se limita a narrar, sino que propone una experiencia emocional, casi corporal, de lectura.

Desde el prólogo de Brigitte Champetier de Ribes, se establece el tono ético y estético que sostendrá todo el libro: una mirada sin juicio, profundamente humana, que habilita la comprensión de lo vivido sin necesidad de subrayados dramáticos. Esa clave de lectura resulta fundamental, porque lo que sigue no son meras historias, sino escenas vivas donde lo invisible —los vínculos, los traumas, las lealtades familiares— toma forma.

La estructura del libro, organizada en trece experiencias, funciona como una cartografía sensible del alma humana. Cada constelación aparece narrada con una prosa que combina tres registros con notable equilibrio: la precisión descriptiva, la profundidad conceptual y una belleza casi poética. Gorlero logra algo poco frecuente en este tipo de literatura: traducir un dispositivo complejo como las constelaciones familiares en un lenguaje accesible sin banalizarlo.

Su escritura es clara, pero no simplista; emotiva, pero nunca sentimental. Hay en cada relato una economía expresiva que potencia el impacto: lo que no se dice pesa tanto como lo que se nombra. En ese sentido, la autora trabaja con el pudor como recurso literario, en línea con lo que señala Champetier de Ribes: una ética del relato donde la intimidad es respetada y, al mismo tiempo, compartida.

Uno de los grandes aciertos del libro radica en su capacidad pedagógica. Sin caer en el formato de manual, Gorlero introduce conceptos teóricos de las Nuevas Constelaciones de manera orgánica, integrados a la narrativa. Esto permite que tanto lectores iniciados como aquellos que se acercan por primera vez puedan comprender los procesos, las dinámicas y las resoluciones que emergen en cada experiencia. La autora no explica desde la distancia, sino desde la práctica viva, lo que vuelve cada página profundamente verosímil.

Su biografía —marcada por el acompañamiento a personas en momentos de dolor, trauma y bloqueo vital— no es un dato accesorio, sino una clave interpretativa de su escritura. Hay una coherencia evidente entre su hacer profesional y su modo de narrar: en ambos casos, se trata de acompañar. El libro, entonces, también acompaña al lector. Lo guía, lo contiene, lo interpela.

Pero quizá lo más valioso de esta obra sea su dimensión sensible. “Doce constelaciones y una que no fue” no busca impresionar, sino resonar. Y lo logra. Cada historia deja una huella emocional que invita a la introspección: ¿qué de todo eso me habita?, ¿qué historias familiares siguen actuando en mí?, ¿qué no ha sido visto aún?

En tiempos donde el desarrollo personal muchas veces cae en fórmulas rápidas o discursos vacíos, este libro se posiciona como un gesto de profundidad. Aquí no hay promesas simplificadoras, sino una apuesta honesta por mirar lo que duele, con la confianza de que en esa mirada también se abre una posibilidad de transformación.

Estamos, sin exagerar, ante un libro de gran sensibilidad y emoción. Una obra que, como las constelaciones que describe, ilumina zonas ocultas y permite —aunque sea por un instante— reordenar el propio mapa interno.

Meche Martínez



lunes, 30 de marzo de 2026

Relatividad

 

En el corazón de Teatro El Picadero —espacio emblemático donde la memoria teatral argentina respira con una intensidad particular— Relatividad encuentra el marco perfecto para desplegar su pulso íntimo y su densidad ética. No es casual que esta obra, que indaga en las fisuras del genio, se aloje en un escenario que también ha sido testigo de resistencias, reconstrucciones y preguntas urgentes.

La pieza de Mark St. Germain —autor de la lúcida La última sesión de Freud— vuelve a poner en juego su mayor virtud: construir teatro desde la palabra como campo de batalla. Aquí, el duelo no es solo dialéctico, sino profundamente moral. En ese encuentro ficticio situado en 1949, la figura de Albert Einstein es despojada de su aura de certeza para quedar expuesta en su dimensión más vulnerable: la del hombre atravesado por decisiones irreversibles.

La dirección de Carlos Rivas apuesta a la tensión contenida, a los silencios que dicen tanto como los textos, y a un ritmo que nunca cede a la complacencia. Hay una precisión quirúrgica en el modo en que la escena avanza, como si cada palabra fuera una partícula cargada de sentido, en constante colisión.

En ese universo, Luis Machín compone un Einstein alejado del estereotipo: no hay aquí caricatura ni solemnidad impostada, sino una construcción humana, quebradiza, por momentos incómoda. Su actuación es de una inteligencia notable, logrando que el espectador oscile entre la admiración y el cuestionamiento. Frente a él, Gabriela Toscano despliega una presencia magnética, sosteniendo el enigma de su personaje con una tensión que nunca se disipa del todo. Su intervención no solo interpela al científico, sino también al público, que queda inevitablemente implicado en ese juicio íntimo. La participación de Catherine Biquard completa un triángulo escénico que enriquece las capas del relato.

Relatividad no busca explicar teorías ni deslumbrar con conceptos científicos: su apuesta es otra, más riesgosa y, a la vez, más profundamente teatral. Se trata de interrogar la memoria, de poner en crisis la ética, de mirar de frente las consecuencias humanas detrás de los grandes hitos de la historia. En ese sentido, la obra logra lo esencial: correrse del mito para revelar al hombre.

En tiempos donde las certezas se desmoronan, esta propuesta resuena con una vigencia inquietante. Porque si algo deja flotando en el aire es una pregunta que no encuentra resolución: ¿puede el conocimiento desligarse de sus efectos?

Y en ese eco, en esa incomodidad persistente, Relatividad encuentra su verdadera potencia.

Meche Martinez

Violeta no se hunde

 

Hay obras que no solo cuentan una historia: la rescatan del olvido. Violeta no se hunde pertenece a ese linaje. Desde una premisa que podría caer en el registro meramente biográfico, la propuesta se eleva hacia una experiencia escénica profundamente sensible, donde la memoria se corporiza y la historia íntima adquiere espesor colectivo.

La dramaturgia de Hernán Cuevas construye un tejido narrativo que evita el golpe bajo y apuesta, en cambio, a una poética de la resistencia. Violeta —enfermera, mujer trabajadora, testigo de tragedias marítimas que marcaron el siglo XX— no es presentada como heroína monumental, sino como una figura humana, atravesada por el dolor, la persistencia y una dignidad que nunca se quiebra. Ese corrimiento del relato épico hacia lo íntimo es, quizás, uno de los mayores aciertos de la obra.

En escena, el trabajo actoral es sólido y comprometido. Silvia Balcells Bigatti, Sol Elek, Mariana Litvin, Andreina Petriella y Gabriel Schapiro sostienen con precisión las distintas capas temporales del relato, logrando que Violeta se multiplique sin perder nunca su identidad. Hay un trabajo coral que se percibe orgánico, donde cada intérprete aporta matices sin desdibujar el eje central.

La escenografía de La Compañía Del Grito acompaña con inteligencia: sin grandilocuencias, construye un espacio versátil que sugiere más de lo que muestra, habilitando la imaginación del espectador y reforzando la idea de tránsito —de vida, de tiempo, de memoria. En paralelo, el lenguaje musical de Heber Wink y Adrián Yannattone no funciona como mero acompañamiento, sino como una capa narrativa que subraya emociones y tensiones, aportando una identidad sonora singular.

El hecho de que la obra se desarrolle “a la gorra” en Teatro La Carpintería no es un dato menor: hay en esta decisión una coherencia con el espíritu de la pieza, que pone en valor historias invisibilizadas y acerca el teatro a una experiencia más democrática y cercana.

Violeta no se hunde es, en definitiva, un homenaje necesario. No solo a una mujer, sino a todas aquellas vidas que atravesaron la historia sin quedar inscriptas en los grandes relatos oficiales. La obra logra lo más difícil: emociona sin manipular, conmueve sin exagerar, y deja una huella que persiste más allá de la función.

Meche Martínez


Dramaturgia: Hernán Cuevas

Actúan: Silvia Balcells BigattiSol ElekMariana LitvinAndreina PetriellaGabriel Schapiro

Diseño de vestuario: Melanie Mora

Diseño de utileria: La Compañía Del Grito

Diseño de escenografía: La Compañía Del Grito

Realización de vestuario: Melanie Mora

Música En Vivo: Heber WinkAdrián Yannattone

Diseño De Iluminación: Manuel Mazza

Diseño gráfico: Nacho Seoane

Asistencia de dirección: Tamara Pizzi

Producción ejecutiva: Guido Inaui Vega

Dirección: Hernán Cuevas

LA CARPINTERÍA
Jean Jaures 858 
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Viernes - 20:00 hs - Hasta el 10/04/2026

 

jueves, 26 de marzo de 2026

Los compadritos

 


En Hasta Trilce se presenta Los Compadritos, una propuesta que asume el riesgo de dialogar con la historia desde el humor grotesco y el disparate criollo, logrando una teatralidad tan incómoda como fascinante.

La obra sitúa su acción en un recreo de la ribera de Quilmes, ese espacio que podría ser postal de domingo familiar, pero que rápidamente se resquebraja ante la irrupción de lo impensado: dos náufragos alemanes, sobrevivientes del acorazado Graf Spee, que traen consigo no solo el peso de la Segunda Guerra Mundial sino también una ideología que, en este contexto, se vuelve tan absurda como peligrosamente ridícula. Allí, lo histórico se vuelve caricatura, y lo cotidiano, campo de batalla.

La dirección de Mariano Cossa es precisa en su tono: nunca cae en la solemnidad ni en la burla fácil. Por el contrario, construye un equilibrio delicado entre el sainete moderno y una farsa de tintes oscuros, donde cada situación escala hacia un caos cuidadosamente orquestado. Cossa entiende que el humor, cuando está bien administrado, puede ser un vehículo poderoso para incomodar y hacer pensar.

El elenco se entrega con una energía que sostiene el pulso de la obra de principio a fin. Matías Alarcón y Samanta Clachcovsky componen con soltura personajes que transitan entre lo reconocible y lo grotesco, mientras que Déborah Fideleff aporta una presencia escénica que equilibra tensión y comicidad. Jorge García Marino y Gustavo Rey construyen figuras cargadas de matices, evitando caer en el estereotipo plano, y tanto Juan Manuel Romero como Alexei Samek completan un entramado actoral sólido, donde cada intervención suma al crescendo dramático.

Los Compadritos trabaja sobre el absurdo como espejo deformante: lo que parece exagerado resuena, sin embargo, con ecos inquietantemente cercanos. En ese cruce entre lo histórico, lo político y lo doméstico, la obra encuentra su mayor potencia: hacernos reír para, casi sin darnos cuenta, dejarnos pensando.

Una pieza que, desde su aparente liviandad, se anima a poner en escena las tensiones más profundas de la condición humana y social. En tiempos donde lo extremo vuelve a asomar, esta propuesta se vuelve no solo pertinente, sino necesaria.

Meche Martínez

Autoría:

Roberto Tito Cossa

Contenidos Digitales:

Samanta Clachcovsky

Actúan:

Matias AlarconSamanta ClachcovskyDéborah FideleffJorge García MarinoGustavo ReyJuan Manuel RomeroAlexei Samek

Vestuario:

Teatro Nacional CervantesCecilia Onorato

Escenografía:

Cecilia Onorato

Iluminación:

Alexei Samek

Redes Sociales:

Selva Lione

Música original:

Mariano Cossa

Asistencia de dirección:

Selva Lione

Prensa:

KEVIN MELGAR Prensa

Producción:

Matias Alarcon

Dirección:

Mariano Cossa

Agradecimientos:

Héctor CalmetFlorencia CastroCasa De Cultura RebeliónRoxana Del GrecoPatricia KnobelQueseria Sin Tomás

Participaciones

Web: https://loscompadritos.com.ar/

Duración: 90 minutos
Clasificaciones: Teatro, Presencial, Adultos

TEATRO HASTA TRILCE
Maza 177 
(mapa)
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4862-1758
Web: 
http://www.hastatrilce.com.ar
Domingo - 20:00 hs - Hasta el 29/03/2026

 

Escruchantes

 

En Escruchantes A.T.R. hay algo entrañable que late desde su origen: una escritura nacida en taller, donde la experimentación no teme al exceso y donde el disparate se vuelve lenguaje legítimo. Ese pulso colectivo se percibe en cada escena, como si la obra conservara la frescura de lo que aún se está descubriendo.

Con dramaturgia de Sonia Novello y Marcelo Valerga, el material abraza el espíritu del sainete criollo para traerlo al presente con un gesto lúdico: hay barrio, hay códigos, hay melodrama, pero también hay freestyle como campo de batalla simbólico, donde la palabra intenta, acaso, salvar lo que la violencia amenaza.

Inspirada en Alberto Vaccarezza, esta versión libre no busca reverencia sino diálogo. Y en ese cruce aparece lo más valioso: una mirada amorosa sobre una realidad social compleja, narrada con humor, con ternura y con ese desparpajo que permite reír sin negar el trasfondo.

La dirección de Valerga sostiene un ritmo vital, casi urgente, donde los cuerpos y las voces construyen una comunidad en escena. Hay algo de promesa en este primer trabajo de Valerga, pero también de presente: una obra que ya encuentra su identidad en el riesgo, en el juego y en el afecto.

Porque en definitiva, entre escruches, rimas y heridas, lo que persiste —como un eco— es el amor.

Meche Martinez

 

Dramaturgia: Sonia NovelloMarcelo Valerga

Actúan: Ezequiel BaqueroMartín López LacciAgustín Peralta PandoJulia Pérez OrtegoCamila Robles

Vestuario: Silvina Zorzoli

Escenografía: Marcelo Valerga

Iluminación: Marcelo Valerga

Diseño sonoro: Marcelo Valerga

Fotografía: Eloy Rodriguez Tale

Supervisión: Alfredo AllendeMariano Caligaris

Dirección general: Marcelo Valerga

 

Toda persona vista de cerca es un monstruo

 

Hay algo profundamente incómodo —y por eso mismo, profundamente eficaz— en “Toda persona vista de cerca es un monstruo”. La obra escrita por María Zubiri y dirigida por Mauro Anton no busca agradar: busca revelar. Y en ese gesto, encuentra su potencia.

Zubiri construye una dramaturgia filosa. No hay excesos ni concesiones: cada línea parece empujar hacia el desmoronamiento inevitable de esas máscaras sociales que, en apariencia, sostienen la convivencia. Lo interesante es que no apela al dramatismo clásico, sino a una estructura donde el humor —ácido, incómodo, casi cruel— funciona como dispositivo de verdad. Se ríe el espectador, sí, pero con una risa que queda a mitad de camino, como si algo propio hubiera sido expuesto en escena.

La estructura de la cena entre dos parejas podría remitir a un esquema ya transitado, pero Zubiri logra resignificarlo desde el detalle: los silencios, las interrupciones, los pequeños gestos que delatan más que cualquier parlamento. Allí es donde su dramaturgia se vuelve inteligente: no se trata solo de lo que se dice, sino de lo que se filtra, de lo que se escapa. En ese “escape” aparece lo monstruoso.

La obra se inscribe en lo que ella misma propone como “anticomedia”, y el término no es menor. No hay alivio en el humor, no hay redención. Lo que hay es una exposición brutal de los vínculos: la envidia que se disfraza de admiración, el deseo que se oculta bajo la corrección, la frustración profesional que se vuelve veneno en la pareja. Todo eso emerge sin anestesia, en una progresión dramática que incomoda porque es reconocible.

El regreso al circuito off en El Camarín de las Musas no es casual: es el espacio ideal para una obra que necesita cercanía, casi como si el espectador también estuviera sentado a esa mesa. Porque ahí está la clave de la propuesta: no hay distancia posible. La obra funciona como espejo, pero no uno amable, sino uno que devuelve una imagen deformada… o tal vez demasiado real.

Zubiri no juzga a sus criaturas, las expone, y así deja al descubierto una certeza incómoda: lo monstruoso no es una excepción, sino una condición latente. La risa, entonces, no libera: revela.

Meche Martinez

Dramaturgia: María Zubiri

Actúan: Sol KohanoffEmiliano PandeloMaximiliano PriorielloMaría Zubiri

Actores reemplazo: Agustina De Los Santos

Diseño de vestuario: Compañía Los Pretendientes

Diseño de espacio: Mauro Anton

Redes Sociales: Compañía Los Pretendientes

Diseño De Iluminación: Marco Pastorini

Fotografía: Gabriel BertiniRenata Marano

Diseño gráfico: Páris V. MardonesMaximiliano Prioriello

Asistencia general: Romeo Prioriello

Asistencia técnica: Romeo Prioriello

Asistencia de dramaturgia: Mónica Salerno

Prensa: Carolina Alfonso

Dirección: Mauro Anton

 

Sábados, en el Camarin de las Musas, 20:30 hs

 

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