miércoles, 8 de abril de 2026

De batallas y de amores

 

Hay espectáculos que no se limitan a suceder en escena: acontecen. Y lo que propone esta experiencia —gestada desde la sensibilidad de Hernán Lucero— pertenece a esa categoría donde el arte deja de ser ornamento para convertirse en acto, en declaración, en latido colectivo.

Desde su concepción, el proyecto revela una pulsión profunda: la de decir algo necesario. La idea, nacida hace dos años en la voz y el deseo de Lucero, encuentra en Facundo Ramírez un aliado clave, heredero no solo de un linaje musical sino de una manera de entender la música como territorio emocional y político. Las composiciones de Ariel Ramírez y de otros autores y autoras se entrelazan aquí con una organicidad notable, dando forma a un entramado donde la canción no ilustra: respira.

Pero es en la presencia de Luisa Kuliok donde el espectáculo encuentra su centro gravitacional. Lo suyo no es simplemente interpretación: es invocación. Kuliok despliega una suerte de recital íntimo, donde cada palabra parece emerger desde una memoria ancestral. Su voz —profunda, modulada, cargada de matices— no solo narra épocas: las vuelve carne, las vuelve presente. Hay en su decir una verdad escénica que conmueve sin artificios, que interpela sin estridencias.

Cada una de sus intervenciones se percibe como un manifiesto. No en un sentido declamatorio, sino en esa capacidad de instalar preguntas, de despertar conciencia, de rozar lo colectivo desde lo íntimo. En tiempos donde la noción de patria suele diluirse entre discursos vacíos o tensiones fragmentarias, su trabajo escénico recupera una dimensión sensible y amorosa, casi necesaria. Logra que el espectador no solo escuche: sienta. Y en ese sentir, algo se ordena, algo se recuerda.

El sostén musical de Facundo Ramírez es, como siempre, impecable. Su piano contiene, acompaña, pero también irrumpe con identidad propia. Hay una inteligencia interpretativa que sabe cuándo abrazar y cuándo tomar protagonismo, construyendo un diálogo vivo con la escena. A su vez, la voz de Hernán Lucero aporta una calidez y una raíz que terminan de completar este triángulo expresivo, donde cada artista se ofrece con autenticidad. Y la guitarra del joven Sergio Zabala, es sublime en toda la partitura de esta obra casi diria musical. 

No se trata aquí de un recorrido histórico en clave didáctica. El espectáculo rehúye cualquier tentación ilustrativa para construir, en cambio, un universo poético donde música, palabra y emoción se funden. Hay una dramaturgia invisible que sostiene el entramado, una sensibilidad que ordena los materiales sin necesidad de subrayados.

Hay algo irreductible en ese espectáculo, algo que no se explica ni se traduce: se percibe. ¡Para ver!

Meche Martínez

Prensa: Carolina Alfonso

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