El otro día me
preguntaron por qué había vuelto a ver El brote. Podría haber respondido
con un ABC prolijo, de esos que parecen respuestas inteligentes:
¿Volví por la admiración al joven dramaturgo y director Emi Dionisi, que
escribe y conduce con una lucidez inquietante?
¿Volví por la entrega de un actor enorme como Roberto Peloni, ese intérprete
infalible que habita cada escena como si la piel se le volviera texto?
¿Volví por el sello artístico de Sebastián Escurra, que sabe producir con
sensibilidad y rigor, como si cada proyecto fuera una declaración de amor?
¿O por esa escenografía de Micaela Sleigh, funcional y a la vez expansiva, que
abraza un unipersonal y lo hace enorme en un escenario tan colosal como el
Maipo?
Quizás volví por la iluminación precisa y vibrante de Agnese Lozupone, que no
acompaña: respira junto al personaje.
Podría haber dicho
todo eso. Y todo sería cierto. Pero no sería suficiente.
Tal vez me seduce
volver porque El brote carga con esa mezcla misteriosa de premios,
reconocimiento y honestidad artística rara de encontrar. O quizás porque guardo
la nostalgia de los primeros pasos en el Teatro del Pueblo, y siento que cuando
algo nace bien, cuando algo se vuelve genuino, hay que acompañarlo incluso en
los escenarios comerciales, donde también late la resistencia. Porque sí:
cuando una obra nuestra —argentina, creada y actuada con identidad propia—
inicia una gira internacional, hay que celebrarla. El corazón que ama el teatro
agradece esas victorias.
Vuelvo porque este
equipo es coherente: dice, hace y transmite en la misma sintonía. Esa
coherencia es un imán. Me engancha, me seduce, me impulsa.
El brote habla de un actor al que se le borran los bordes
entre ficción y realidad, un hombre que empieza a desconfiar de quien escribe
los acontecimientos de su vida.
“¿Qué clase de personaje somos en esta historia?”, se pregunta. Ahí la obra se
expande: ya no es solo el delirio de un intérprete; es también el espejo donde
todos vemos esos puntos ciegos que no sabemos si vivimos… o si alguien los
escribió por nosotros.
Por eso fui una
segunda vez. Quizá vaya por una tercera. ¿Por qué no? Cuando algo vibra, cuando
una obra te busca y te encuentra, se vuelve necesario repetirlo.
Última
función, martes 20:30, en el Teatro Maipo. Este equipo, este talento, esta entrega, será siempre de
mi preferencia. Siempre. (Meche Martínez)

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